El año de la impaciencia
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Es una coincidencia fatídica para el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc que el año en que pretenden firmar el acuerdo de La Habana sea justamente este 2016. Del lustro que lleva la negociación, contando acercamientos clandestinos y conversaciones oficiales, no se había podido escoger un peor momento que el actual para el cierre y la convalidación del proceso.
Resulta obvio que ni una parte ni la otra podrían preveer el contexto perjudicial que vivimos, pero será catastrófico para las aspiraciones plebiscitarias del acuerdo que justo estemos en un periodo económico tan azaroso, en el que Colombia pasa saliva y se aprieta el cinturón.
La firma de un proceso de paz que pretende una ratificación en las urnas por parte de la ciudadanía, depende por igual del cansancio a la guerra que de la actualidad económica, y la nuestra es un desastre.
Es inobjetable que el país quiere dar fin a un conflicto que definió la política por más de medio siglo, pero cada vez está menos dispuesto a ceder ante un grupo que es visto mayoritariamente como un camarilla delincuencial.
Colombia, en este 2016, no está lista para tragarse los sapos de la negociación mientras la familia tradicional sufre por una economía tambaleante de salarios paupérrimos e inflación ascendente. Será inaceptable un borrón y cuenta nueva para los cabecillas que cometieron delitos de lesa humanidad, salarios como recompensa a los desmovilizados o, en general, un comportamiento benevolente con el que está al margen de la ley.
Cada paso en esta cuesta arriba que es la supervivencia del colombiano común en el presente año, será comparado para mal con lo que se pretende otorgar en la mesa de negociación. La balanza, para infortunio del proceso de paz, resultará desequilibrada en el ejercicio. “No cederemos ante los ilegales para que vivan mejor que los que han cumplido con la ley”, será el raciocinio más común.
El presidente Juan Manuel Santos sabía muy bien que el tiempo era el enemigo más certero contra el proceso. Nunca como ahora la frase se ha convertido en una realidad apremiante y, con los plazos cumplidos, conviene a las partes reconocer que es urgente el punto final. Llegamos al 2016 y aquí la paciencia es una virtud que ya no existe.