Columnistas

El aura hechicera de la guerra

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06 de julio de 2016

El mal tiene su fascinación. Romper a fondo con lo pactado por la sociedad no deja de contener una estética. El diablo ha sido considerado desde antiguo como la cara opuesta a Dios. Ambos participan de lo real.

El arte contemporáneo saca a flote esta dualidad llamativa. Construye belleza desde la fealdad, desconcierta, escandaliza. Basura, excrementos, mutilaciones, pujan por cupo en galerías y museos. Los circunstantes no comprenden pero sienten una sorda atracción. Algo de su mundo interior sintoniza con esta porción de la vida.

Cosa diferente sucede con la ramplonería. Lo grosero pugna con lo estético. Pone a vibrar las cuerdas inferiores de la sensibilidad. Rebaja el nivel hasta instancias atrasadas de la evolución.

Ante lo chabacano solamente ríen las gentes que no han llorado por alguna inmensidad, por el mar en su primera visión, para dar un ejemplo.

Hay, pues, gigantesca grieta entre el mal y la obscenidad. El mal conserva una dignidad que la grosería desconoce. La misma proporción cabe frente a la guerra.

Démosle la palabra a Oscar Wilde, con su filo que no deja a nadie indiferente. “Mientras la guerra –afirma el irlandés- sea considerada como mala, conservará su fascinación. Cuando sea tenida por vulgar, cesará su popularidad”.

Entre nosotros se ha tendido un aura hechicera en torno de la guerra. Los ‘malos’ de las mil violencias son campeones en la televisión. Sus uniformes altaneros ejercen seducción entre niños y jóvenes. “Ser malo paga”, es lema forjado entre balas y desquites.

El punto ha llegado hasta desprestigiar por cobardes a los pacíficos. El mal desborda en prestigio al bien. En buena medida esta inversión se debe a que la guerra se considere mala, y no vulgar. Hay que creerle a Wilde.

Así pues, es preciso construir la guerra como vulgaridad. No como operación semántica, de juego de palabras. Sino como reconocimiento, despojo de máscaras.

Hay que quitarle a la guerra su máscara de majestad y heroísmo. Y vestirla con andrajos propios de la actividad más abyecta de la historia. ¿Existe acción más nauseabunda que la planificada producción industrial de cadáveres?

¿Entre las repugnancias imaginables, habrá alguna comparable con la carita de un niño que ve derrumbar el cielo de su vida ante el desangre de sus padres acribillados?

Que cada cual elabore su lista de infamias guerreras, hasta llegar a la náusea.