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El bautismo no es un rito

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15 de enero de 2016

El bautismo no es un rito. Dios es omnipotente, no depende, por tanto, de un rito para hacerse presente.

El hombre es un ser de ritos. Ver, oír, oler, gustar y tocar son ritos que el hombre realiza de mil maneras. De su delicadeza interior depende la magnificencia de sus ademanes. Soy lo que hago, hago lo que soy.

Entre ser y hacer existe una relación esencial. En el rito del bautismo celebro mi condición de hijo de Dios, que tengo por el solo hecho de nacer. “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30) es el lema que identifica a Jesús. Dos que son uno, uno que son dos. Como Jesús, cada ser humano nace ungido, empapado de Dios. Eso es el bautismo.

Una joven de veinte años le envía una carta manuscrita a su hermana cuatro años mayor: “¡Seamos siempre la gota de rocío de Jesús!... Jesús es y será siempre nuestro océano... y nuestro mayor consuelo es ser también nosotras el océano de Jesús.” Quien escribe manifiesta una interioridad admirable.

Esta joven conoció el mar a los seis años. “Nunca olvidaré la impresión que me causó el mar. No me cansaba de mirarlo. Su majestuosidad, el rugido de las olas, todo le hablaba a mi alma de la grandeza y del poder de Dios”. Veía en el mar el infinito que habitaba en su corazón.

Esta joven, que es Santa Teresita, había hecho la primera comunión a los once años. “Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma. Fue un beso de amor. Me sentía amada, y decía a mi vez: ‘Te amo y me entrego a ti para siempre’... Desde hacía mucho tiempo, Jesús y yo nos habíamos mirado y nos habíamos comprendido. Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión”.

Es imposible olvidar corazón tan sensible a la belleza y el amor. “Ya no éramos dos: yo había desaparecido como la gota de agua que se pierde en el seno del océano. Sólo quedaba Jesús. Él era el dueño, el rey”.

Bautismo es inmersión. Del hombre, gota de agua, en Dios, océano. Desde el nacimiento. Esta joven vivió su bautismo de modo prodigioso desde su nacimiento hasta su muerte. La hermana a quien escribía, se llamaba Celina.

Al morir acabo de nacer, me sumerjo definitivamente en Dios. Mi bautismo comienza en mi nacimiento y culmina en mi muerte. En el rito celebro, como Jesús, mi unidad con mi Creador.