El buen maestro
“Donde hay educación no hay distinción de clases”. Los alumnos del colegio público Puerta de Sancho de Zaragoza (España) copian la cita de Confucio en sus cuadernos antes de comenzar a debatir sobre ella. 22 críos entre los 10 y los 11 años con un maestro al que admiran y respetan.
En la pared hay una lista bastante larga de normas: “No gritar”, “Respetar al maestro y a los compañeros”, “Realizar bien la fila y salir en silencio al patio...”. Los estudiantes no se sientan de cara a la pizarra, sino que se miran unos a otros. Las mesas están agrupadas de cuatro en cuatro formando cinco islas. En realidad, son “continentes” y se llaman Lechugandia del Sur, Panizoland, Tierras Medias de Rancia, Nueva Zapatilla y Mundo Viejuno. En la clase de César Bona apenas se utilizan los libros de texto y los deberes son más bien escasos. El trabajo se realiza en las aulas, como debe ser. César es uno de los 50 profesores de todo el mundo que optan al millón de dólares del Global Teacher Prize, el Nobel de los maestros, un reconocimiento a sus audaces técnicas educativas en las que todos los chavales sin excepción tienen una responsabilidad. Paula es la jefa de Reciclaje. Rubén es el Defensor de la Lectura. Hay una Comisión Periodística, otra Curiosa, un encargado de recoger las persianas, una abogada, un historiador, la apuntacitas, el encargado de la Lista Negra de los que hablaron demasiado o el cabecilla de los sublevados. Todos se sienten importantes e integrados en la clase. Todos están deseando que llegue el lunes para ir a clase.
En la clase de César, un licenciado en Filología Inglesa de 42 años, se juega al Trivial y lo que realmente importa es la confianza en uno mismo. “Da igual los idiomas que hables o las carreras que tengas si no te dan las herramientas para enfrentarte a la vida y respetar al de al lado”, explica el maestro.
César ha ido puliendo su sistema tras varios años de experiencia docente. Como en el colegio de un pueblito de apenas 258 habitantes donde solo tenía seis alumnos. De los seis, dos no se hablaban porque las familias estaban enfrentadas. Al recién llegado se le ocurrió rodar una película de cine mudo con ellos dos de protagonistas. Todo el pueblo se implicó y los niños se reconciliaron.
Cuenta César que los padres, al principio, le miraban como si fuera un bicho raro. “¿Qué pasa con la gramática?”, le preguntaban. “No os preocupéis, que la vamos a dar”, les respondía. “Y luego me acababan dando las gracias. Me decían: “Mi hijo es mucho más empático, más autónomo, sabe tener criterio propio y sabe reaccionar ante las injusticias”.
Tras debatir sobre el tema del día “la Tierra es plana”, comienza la clase de inglés. Cada estudiante tiene un rol. Alba es Isabella Teotokópulos, abogada de 31 años cuyo edificio favorito es un centro comercial. Unas sillas más allá está Peter Wayne, de seis años, casado con Eleanor, de 93 años. Alejandro es Hugh Grant, que es el padre de su compañero Humphrey Bogart y, para más señas, el marido de la alumna Margaret Thatcher. Un teatrillo en el que cada alumno tiene su personaje. El libro de texto no se abre.
Después de almorzar, los alumnos de 5ºB proyectan el corto de terror en blanco y negro que rodaron para Halloween, “Qué ocurrió en Sancho’s Gate”, un proyecto en el que se implicó, como siempre, todo el grupo. La jornada termina con la preparación del Día de La Paz. Cada alumno debe destacar una cualidad de su compañero de al lado. A los chicos les cuesta, quizá por vergüenza, y César reflexiona sobre ello. “¿Por qué nos cuesta tanto decir algo bueno de los demás?”, pregunta.
Acaban las clases y los chavales marchan a sus casas felices, con ganas de regresar mañana.
La educación, el civismo, la capacidad de autocrítica y la confianza se maman en casa, pero también en las escuelas. Los colegios están para educar, no para formar máquinas humanas de producción en cadena. Necesitamos más maestros como César Bona. Más niños enseñando a niños.