EL CENTRISMO ACOMPLEJADO
La posición centrista, que prefiere el justo medio a los extremismos de izquierda y derecha, está asumiendo la condición de vergonzante. Sufre complejo de inferioridad. En su propio origen está el riesgo de la descalificación: Al centrista quieren lanzarlo a la derecha los de la izquierda y a la izquierda los de la derecha, porque de un lado y del otro no se admiten ideologías, partidos, tesis ni actitudes que no estén en uno u otro polo, que no sean radicales.
Es probable que en el temor, la timidez, la aprensión de los centristas resida una explicación del porqué del avance oportunista de la irracionalidad que está mandando la parada en el país e incluso hasta de la misma caída en picada de la popularidad presidencial en las encuestas: El Presidente demuestra unas convicciones y un talante centristas. Y no me refiero a su partido, el Centro Democrático (separemos la definición filosófica del justo medio y el centrismo de cualquier filiación partidista), sino a su modo de ser, de actuar y de comprender la misión de gobernar y a su evidente espíritu conciliador y tolerante.
Situarse en el centro parece más una falla que un acierto en democracias incompletas como la de este país: Si no hay confrontación feroz, si no emerge el monstruo infernal del sectarismo y no se contraargumenta con el discurso del odio para tratar a los contradictores como enemigos condenables, suele concluirse que no hay posibilidad de avanzar en ninguna discusión hasta alcanzar un mínimo de acercamiento razonable y civilizado.
Es cierto que al centrismo se le cuestiona (tal, el caso de Ciudadanos, en España) porque en apariencia carece de principios inmutables y suele abstenerse de proponer cuando los debates pasan de castaño a oscuro. Motivar a los ciudadanos a votar y alcanzar el poder en nombre del centrismo es sugestivo, pertinente y exitoso para un buen candidato.
El problema está en gobernar con ese mismo espíritu respetuoso, tolerante, dialogante, sin prepotencia, sin arrogancia ni desafíos pendencieros. Es ahí donde pueden reducirse la popularidad y la gobernabilidad. La opinión pública es caprichosa, impredecible y desconcertante. Se dirá que la gente es desagradecida y no justiprecia la excelencia del mandatario que eligió.
Algo de razón tiene Uribe cuando pretende que el Presidente enderece. Lo mismo dicen muchísimos ciudadanos, que no son ni de la derecha ni de la izquierda, ni del Centro Democrático. El centrismo, la opción filosófica del justo medio, no puede implicar ni pusilanimidad, ni claudicación, como tampoco un brinco a la radicalización, pues enderezar no es derechizar. El centrismo inteligente como alternativa para un país con paz y progreso, no debe confundirse con el buenismo cándido, pasivo y complaciente. No puede ser ni vergonzante ni acomplejado.