EL CULTO AL CARRO
Al momento de escribir este artículo leo uno en igual sentido en este diario titulado Cedemos todos o nos fregamos, firmado por el periodista Ramiro Velásquez, que en uno de sus apartes dice refiriéndose a nuestra ciudad: “No caben los autos y la movilización es caótica [...] Nos mata la falta de compromiso social ciudadano. Se habla de frenar el uso del vehículo particular y de inmediato, lo leí acá en la prensa, salta un comerciante representante del sector que cómo se les ocurre. Avanza el proceso de peatonalización de otra concurrida arteria, y la oposición del comercio es grande”.
Por otro lado, un amigo que vive en Estados Unidos compartió conmigo un artículo de la revista Time de hace tres semanas, que en la sección de Cultura trae una colección de tendencias actuales de la sociedad de ese país que le rinde culto al carro. Aunque aquí ya hemos visto algo de eso en uno que otro banco y en un negocio de hamburguesas, ruego que no se les ocurra copiar las geniales ideas de negocios a nuestros comerciantes, que van desde la posibilidad de casarse sin tener que bajarse de la limusina, poner una demanda por malas prácticas a través de la ventanilla o entrar a una sala de velación para mirar al muerto desde la comodidad de las sillas del carro.
Hay muchos otros ejemplos, pero me da pereza llenar el artículo con tanta extravagancia ajena y con semejante fomento al sedentarismo. Vale más ocuparnos de nuestros problemas y uno de los más grandes es, sin duda, la forma de desplazarnos de un lado a otro.
Es curioso: todos pedimos, rogamos y exigimos que haya un cambio en la movilidad, que mejore, que no nos atropellemos en el metro, que el taco para ir de sur a norte o viceversa por la Regional no exista o que no sea de dos horas, pero nadie asume compromisos para lograrlo.
La movilidad de nuestra ciudad gira en torno al Sistema Metro, como debe ser para que un sistema de transporte masivo sea eficiente. Creemos que todo se resuelve con más trenes, más buses, más cables y tranvías, pero estamos equivocados: Simplemente más gente va a estar usando el sistema y la congestión nunca va a desaparecer.
Seguimos apiñados porque todos entran a la misma hora a trabajar y por consiguiente se encuentran de regreso a la misma hora también. Lo ideal sería mejorar las condiciones del servicio público, flexibilizar horarios de trabajo para distribuir en el tiempo la demanda de las vías, ceder fajas de terreno para ampliar las ya existentes, tener más ciclorrutas, considerar al peatón e incluso pensar en la apertura de fuentes de empleo en zonas opuestas a los asentamientos actuales.
Pero mientras se nos hace el milagrito de la voluntad política y empresarial, si es que algún día ocurre, la regulación y el mejoramiento también están en manos de cada uno de nosotros: salir más temprano a las zonas de abordaje ayudaría muchísimo, podría obviarse el estrujón y no tendríamos que viajar embutidos ni malgeniados; compartir el carro con vecinos y compañeros y no usarlo hasta para ir a la esquina a comprar leche sería un buen punto de partida para la preservación del medio ambiente y de nuestra calidad de vida.
Exigir es válido cuando estamos dispuestos a generar cambios. De lo contrario, es facilismo, egoísmo y miopía individual que se vuelve colectiva.