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El demonio del medio día

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Ingeniero de Producción de EAFIT y magíster en Administración Pública de Harvard, quien con su liderazgo humanista ha revolucionado la asistencia social en Antioquia. Desde el liderazgo en Comfama impulsa la cultura, el arte y la educación como motores de transformación social. David cree que Medellín puede reinventarse como una zona azul urbana, ejemplo mundial de salud, comunidad y felicidad.

17 de diciembre de 2018

Querido Gabriel,

“Ya pasó lo mejor de mi vida, estoy aburrido con mi pareja, no soporto mi trabajo, estoy tomando de más y durmiendo de menos” ¿Has oído de la crisis de los 40, que los franceses llaman, con cínica poesía, “el demonio del medio día”? Esta semana el Sifu Piti nos recordaba la extraña manera occidental moderna de entender la vida. ¿Está nuestra existencia dividida solo en infancia, adolescencia, juventud, adultez y vejez? ¿O nos definen tres etapas económicas?: estudiar, trabajar y retirarse a esperar el fin. ¿Qué tal si hablamos de los ciclos de la vida y cómo vivirlos a plenitud?

¿De dónde viene eso de que la naturaleza tiene ciclos diferenciados y regulares, pero la vida humana está exenta de ellos? ¿No los tienen la luna, el sol, la tierra, y por ende las cosechas, la fertilidad y las aguas? ¿Será que perdimos el camino cuando asumimos que los humanos somos algo así como “otro reino”, no parte de la naturaleza, sino sus dueños? ¿Has visto que las culturas ancestrales conjugan sus ciclos sociales y personales con los de la naturaleza y el universo?

Por alguna razón, nuestras primeras etapas son claras. Comenzamos con la primera infancia, la etapa escolar y los estudios para el trabajo o la profesión. Al terminar estos tres primeros ciclos, comenzamos a laborar, construimos nuestro modelo de familia y creamos una carrera: construimos nuestras raíces. Mediante graduaciones, rituales religiosos y fiestas, cada una de estas etapas está más o menos organizada en ciclos de 7 a 8 años, hasta comenzar nuestros 30. Pero después, nuestra cultura nos deja abandonados en un marasmo de rutinas. Quedamos sin mapa, dando vueltas “como corcho en remolino”.

¿No has visto gente que se queda atrapada allí, centrada en lo material y lo familiar, en una repetición infinita de los primeros años de la vida adulta, acumulando hijos, puestos o dinero? Como decía Stephen Covey, toda vida centrada en algo externo, está realmente, descentrada. La depresión de los 40 podría ser el momento para renunciar al trabajo, conseguirse un amante y salir de viaje por el mundo, pero antes, pensemos si sería mejor aprovechar para inaugurar la segunda mitad de nuestra vida, llena de consciencia, sentido y propósito.

¿Será que, en lugar de un exorcismo o un cataclismo, sugerimos a quienes amamos, la bendita crisis de los 40, como un salto de fe hacia la verdadera buena vida? Que sea la hora de comprender que ya tenemos las bases para buscar cómo dejar huella y construir un legado. Que esta edad inaugure la era de compartir nuestros dones, ser maestros y discípulos, de insuflar más poesía en nuestra vida y acercarnos paso a paso a lo trascendente, a lo divino.

Mejor que reincidir febrilmente, una y otra vez en nuestra década de los 20, hasta que se agote la energía y los días se vuelvan una rutina tenebrosa que devora todo deseo, pensemos en vivir con gratitud y generosidad, y levantarnos cada mañana, no a cumplir un horario, sino a atender un llamado. Tal vez por eso dijo Mark Twain, y con esta frase podemos animar nuestra tertulia: “Los dos días más importantes de tu vida son el día en que naces y el día en que descubres porqué”.

*Director Comfama