El dios Dinero
Adorar es amar mucho, amar en extremo, el modo de comunicarse el hombre con Dios, reconociendo su condición divina mediante diferentes formas o ritos, como genuflexión, postración, beso, ofrenda, canto, silencio. Adoración es contemplación, relación de intimidad con Dios.
Dios, por ser infinito, es uno solo, pues de ser varios, el uno sería limitante del otro o de los otros, y, por tanto, ninguno sería Dios.
El hombre ha adorado a Dios de muy diferentes modos, y también ha llamado dios a lo que no lo es, en especial, al dios Dinero, que cuenta con un altar en cada corazón, como ocurre de modo tan llamativo en este siglo XXI.
El hombre vive de la necesidad de reconocer el señorío divino a algo, y al mismo tiempo de adorarlo a su modo. De esta adoración depende la claridad, solidez y profundidad de su vida cotidiana, desde ser veleta agitada por el viento hasta roca inconmovible en la tempestad.
El dios Dinero es infinitamente seductor, tan lisonjero que los cinco sentidos caen rendidos a sus pies, pues el ser humano lo puede ver, oír, oler, gustar, tocar y hasta pisar.
Hay personas que viven adorando a este dios por la ansiedad con que lo persiguen, recogen, acaparan y retienen, hasta volverse uno con él. Máximo desperdicio del corazón.
La corrupción, fruto de la codicia, apetito desordenado de poseer, hace que el dios Dinero ponga la política al servicio de la economía, en que cada vez más poquísimos tienen muchísimo y muchísimos poquísimo. La desigualdad total.
Teresa de Jesús, que tuvo que ver con dineros día y noche como fundadora, nos hizo esta confidencia: “Ríese de sí, del tiempo que tenía en algo los dineros y codicia de ellos, aunque en ésta nunca creo –y es así verdad- confesé culpa; harta culpa era tenerlos en algo. Si con ellos se pudiera comprar el bien que ahora veo en mí, tuviéralos en mucho; mas veo que este bien se gana con dejarlo todo” (V 20, 27).
El realismo de Jesús llena de claridad el corazón. “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mateo 6,24).
El testamento de San Juan de la Cruz es asombroso. “Cuanto más tenerlo quise con tanto menos me hallé. Cuando ya no lo quería téngolo todo sin querer”.
El único modo de acabar con la corrupción es el desasimiento, que expresa el amor en forma negativa: amarlo todo sin apego a nadie ni a nada.