Columnistas

EL DISCURSO PRESIDENCIAL

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24 de diciembre de 2018

Por Armando Estrada Villa

aestradav@une.net.co

Hay discursos que encienden los ánimos de sus destinatarios y los incitan al combate; otros que otorgan un sentido de unidad a los ciudadanos y los invitan a la integración, y otros que despiertan nuevas ideas, abren horizontes y los estimulan al cambio. En Colombia, nos hemos acostumbrado a escuchar desde las más altas dignidades del Estado y de la política un lenguaje pendenciero, cargado de insultos y descalificaciones que inflaman pasiones y han contribuido a la polarización que ha vivido el país en los últimos años.

Dardos e invectivas permanentes entre los expresidentes Santos y Uribe, entre el gobierno y la oposición, estaban presentes en el discurso por medio del cual los dirigentes fijaban su posición sobre los diferentes problemas públicos y transmitían su mensaje a los colombianos. Vocablos como rufián de esquina, canalla, mentiroso, derrochón, terroristas vestidos de civil, paramilitar, traidor, corrupto, gobierno que se asocia con narcotraficantes y garantiza impunidad a criminales, castro-chavista, pajarracos, buitres carroñeros, enemigos de la paz, portadores de propaganda negra, sembradores de cizaña y de mentiras, eran comunes en la expresión de los jefes políticos.

Con estos epítetos se impulsaba una estrategia discursiva que más que para definir partidarios, antagonistas y adversarios servía para profundizar enemistades y odios; era un lenguaje que no buscaba confirmar amigos de unas políticas, sino estigmatizar y repeler a los contarios, recriminarlos y acusarlos de las más bajas intenciones. De parte y parte, no se admitían las críticas y cuando se esgrimían eran respondidas con agravios y mordacidad. Se segregaba la población entre “nosotros los amigos de la paz” y “ellos los de la guerra”; nosotros “los buenos” y ellos “los malos” tratándose del conflicto armado, una reforma tributaria o cualquier tema de importancia. La intransigencia era la nota predominante y nunca se intentó acercamiento, mediación y menos aún conciliación. La votación del plebiscito por la paz llevó a su clímax la confrontación verbal, que se mantuvo durante las campañas para elegir Congreso y presidente.

Empero, con el triunfo de Iván Duque el léxico cambió. El presidente Duque no insulta, no descalifica, no amenaza, reconoce el derecho a la discrepancia, es ajeno a la retaliación, admite las críticas de la oposición sin ofuscarse y menos descomponerse. Haciendo gala de un estilo conciliador libre de ojerizas y venganzas muestra respeto por la protesta social, habla de unión y de superar divisiones y se reúne con sus opositores, para así bajarle el tono a la polarización. Además, si acude a las redes sociales lo hace para comunicar una buena nueva, no para cobrar cuentas u ofender.

Conocedor de los efectos que sobre la realidad social tienen las palabras, que bien pueden servir para enfrentar o para unir, para enardecer o para apaciguar, en la plaza pública, el foro gremial, el congreso, los talleres y las entrevistas, la voz de Duque siempre se levanta a cumplir una misión conciliadora por la unidad de los colombianos. Es claro que para resolver graves los problemas del país esto no es suficiente, pero debe reconocerse que es un paso positivo en la dirección correcta.