Columnistas

El Disfraz de Spiderman

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16 de octubre de 2017

Esta semana fui con mis hijos a comprar los disfraces de Halloween. Mi hija de ocho años iba decidida a comprarse el de Spiderman. Es algo nuevo porque hasta ahora hemos sido bastante tradicionales con los disfraces. Pasamos por la época de princesas, de Alicia en el país de las maravillas, de Maléfica, de brujitas normales y corrientes. Yo la dejo ser, pero debo decir que me sentí orgullosa cuando llegó a pedir con toda convicción, ¿tendrá para mí un disfraz del hombre araña?

La reacción de la dependienta me confirmó que no estamos acostumbrados a que las niñas les gusten los superhéroes, deja tú que se quieran disfrazar de ellos en Halloween. Me miró un momento y dudó. Sentí como si esperara que yo le dijera algo o que reprobara la elección de mi hija. Al ver que estábamos las dos decididas nos ofreció una opción: Spiderman con faldita. Mi hija le respondió que gracias pero que Spiderman no usa faldita, ella quería el original. Finalmente no lo llevamos porque el de niño tenía unos músculos falsos que le resultaron extraños. No quise presionarla porque entendí que mi hija buscaba un punto medio entre el superhéroe y ella misma. Es que disfrazarse es un juego, pero no quiere decir que renuncias por completo a quien eres.

De niña jamás me hubieran disfrazado de superhéroe. En aquel entonces las diferencias entro lo de niña y lo de varón eran mucho más marcadas. Aunque todavía entras a una tienda y ves lo que se le ofrece a las niñas para jugar y lo que se le ofrece a los varones y te provoca sentarte a llorar. Las muñecas de niñas casi no han avanzado y gran parte de la oferta está estereotipada hasta el dolor. Mientras el marketing llega al siglo XX la niñas de hoy en día pierden el miedo a decir, yo quiero el juego de química o un lego que no sea rosado (petición de mi hija por cierto). Las niñas, sin dejar de ser niñas, están aspirando a más. Lo vi allí en esta tienda, sin tapujos ni complejos, sin esa contaminación que uno adquiere con los años, nubla la claridad sobre ciertas ideas tan básicas como, si él puede ¿por qué yo no?

Gran parte de los problemas que enfrentamos como mujeres tiene que ver con nuestra mirada interna, con cómo las mujeres nos definimos como personas. Esa mirada se crea a través de nuestra historia de vida. Nos educan para muchas cosas, entre ellas para definir nuestro género y desde allí aprendemos a relacionarnos con el mundo. En otras palabras aprendemos a ser mujeres, a plantarnos frente a la sociedad, pero sobre todo frente al espejo como tales.

Mi hija tiene ocho

años y ya ha escuchado ya cosas como que si no se cuida un día será gorda y que eso es malo. Que si no se peina es malo. Que tiene que hacer a, b o c porque es “señorita”. De alguna manera va naciendo en ella la noción de que las mujeres estamos en cierto grado para ser observadas. Cierto que quizás haya ahí algo de genética y de instinto, pero es una noción muy peligrosa, porque antes que la sociedad te vuelva un objeto tú misma te conviertes en uno. Tu amor propio se reduce a unas cuantas ideas muy banales que tienen que ver con la talla del pantalón o del brassiere y que dejan en segundo plano otros aspectos que son mucho más importantes en nuestro desarrollo como ser humano.

A estas alturas tengo que confesar que quiero todo para mi hija. Quiero que disfrute ser mujer. Que le guste hacerse la uñas y ponerse tacones, pero que sepa que no esa una condición sine qua non ni de su feminidad ni para aprovechar al máximo las oportunidades que le presente la vida. Quiero que sepa que puede elegir el camino que quiera, alzar la voz, ser prudente, pero dueña de su destino. Que tiene opciones. Un mundo de opciones y que no tiene que esperar que el marketing ni nadie la defina. Que lo que importa es lo que sale de su mente y de su corazón. Que puede ser Spiderman si le da la gana, pero si que si no la convence, pues está bien también.