EL DURO DESPERTAR DE PUERTO RICO
Por RAFAEL MATOS
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Ahora es oficial. Puerto Rico tiene la misma soberanía que una colonia estadounidense.
La notificación vino de Washington a mediados de junio, en dos decisiones de la Corte Suprema que son un insulto para nuestro orgullo como ciudadanos estadounidenses autónomos.
Una dijo que nuestras cortes no tienen el poder de las cortes estatales para procesar a criminales locales por separado después de que los fiscales generales intervienen. La otra dijo que tenemos que ir de la mano con el Congreso si nuestros servicios públicos han de conseguir alivio de la deuda. A diferencia de los estados, nosotros no les podemos ayudar a buscar protección de la bancarrota.
Un tercer insulto, del Congreso, llegó cuando íbamos llegando al borde del incumplimiento hace dos semanas. A medida que finalmente consintió al alivio de la deuda, el Senado también aprobó una junta de supervisión que podía decirle a nuestro gobierno elegido cómo manejar nuestras finanzas.
En habla vulgar de la calle, a Puerto Rico lo han desnudado y puesto en exhibición para ser avergonzado.
Esto después de que crecimos escuchando que teníamos una relación única y privilegiada con los Estados Unidos, que éramos ciudadanos plenos, libres de migrar hacia el norte, y autónomos para gobernar nuestros propios asuntos.
Pero ahora es claro que eso fue una farsa. Hemos aprendido hasta qué punto nos dejó a la merced de un Washington indolente. Incluso mientras ofreció el alivio a la deuda, el presidente del Senado, Mitch McConnell, republicano de Kentucky, lo restregó. “El territorio estadounidense de Puerto Rico está en crisis,” declaró.
¿Territorio? ¿En serio? Yo pensé, como lo hizo el Juez Stephen G. Breyer en su disconformidad con las decisiones de los poderes fiscales, que Washington nos dio un estatus mucho mejor en 1952.
Mi generación, los nacidos durante el baby boom, escuchamos que la autonomía nos hacía iguales pero excepcionales como ciudadanos, y por supuesto había ventajas. Todo lo que teníamos que hacer era comportarnos, servir en las fuerzas militares cuando fuéramos llamados y no referirnos a nosotros mismos como una “colonia.”
Los disidentes promoviendo la categoría de estado advirtieron que el “autogobierno” era un espejismo sin voto en el Congreso, ni para presidente. Pero el Congreso nunca mostró interés en aceptar un estado hispano bicultural que tenía más trabajadores que empleos.
Ocasionalmente había revueltas nacionalistas. Pero los puertorriqueños nunca han sido buenos para la rebelión.
Hoy, esas industrias, empleos y muchos bancos de los Estados Unidos han huido, el empleo privado se ha desmoronado, y se cumple el plazo para pagar nuestras deudas. Nuestro empleador principal es nuestro desamparado gobierno. La emigración y el crimen violento se han elevado. En años recientes, cientos de miles de compatriotas se han ido, elevando a más de cinco millones el número de puertorriqueños viviendo en los Estados Unidos, según el Centro de Investigación Pew; demógrafos locales estiman que aquí sólo quedan 3,4 millones.
Después del golpe triple de realidad política que hemos soportado. Me pregunto cómo nos podemos ayudar. Esto se ha hecho claro para mi: los puertorriqueños primero tenemos que redescubrir nuestras fortalezas políticas interiores, y unirnos para exigir que el Congreso, en el plazo de una década, nos permita un referendo coercitivo sobre el estatus de nuestra isla.
La “autonomía” no sería una opción. Ha sido vaciada de cualquier atractivo gracias a promesas rotas a través de las décadas e indignidades recientemente impuestas; debería ser archivada como la farsa que siempre ha sido.
Esto no será fácil. Los puertorriqueños tendrán que organizarse políticamente donde los miembros del Congreso nos puedan escuchar, en sus propios distritos. Para eso podemos hacer un llamado a unos 4 millones de compatriotas con derecho al voto en los Estados Unidos para formar un enorme bloque de campaña, y que voten, en apoyo a nosotros.
En resumen, tenemos que exigir el respeto que se le debe a todo ciudadano de los Estados Unidos usando el arma más poderosa de la democracia: una persona, un voto.