Columnistas

El Ecocrítico

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23 de octubre de 2016

En una reciente columna que escribí para la Fundación Natura decía que hace dos meses encontré un artículo muy hermoso de Gustavo Silva Carrero, para el periódico El Espectador, en donde nos recordaba que el matemático, científico y educador italiano Carlo Federici, en un discurso pronunciado por la época en que fue rector del Colegio Italiano en la década de los ochenta, en Bogotá, sostenía que: “en la personalidad, un tanto oculta y misteriosa, de Leonardo da Vinci se vislumbran, como coexistentes, las ideas que hoy en día deben ser base de la formación del hombre: la toma de conciencia de la relación ‘Yo-Tú’ (del hombre con el hombre) por medio del quehacer artístico y humanístico; y la toma de conciencia de la relación ‘Yo-Ello’ (del hombre con la naturaleza), por medio del quehacer técnico y científico”.

El profesor Federici insistía en que la responsabilidad de todos debe ser por la necesidad urgente de la realización de hechos éticos que convoquen a la formación de nuevos hombres y mujeres a través del ejercicio de la educación. Actividad calificada por el propio profesor como “placer gozado” en vez de un oficio más o sacrificio.

Y es precisamente allí, a través del quehacer humanístico, que encontramos de manera más directa esa gran responsabilidad de educar sobre la relación hombre-naturaleza como elemento vital para nuestra formación. Un ejemplo de ello fue Gabriela Mistral a la que hace un siglo se le consideró transgresora por denunciar la pérdida de sentido que ha tenido el ser humano al agotar los recursos naturales sin pensar en las consecuencias, poniendo como énfasis el progreso material y desconociendo con ello el vínculo existente desde el principio de los tiempos entre el hombre y la que le dio el ser: la Tierra.

“Niño indio, si estás cansado,

tú te acuestas sobre la Tierra,

y lo mismo si estás alegre,

hijo mío, juega con ella...

Se oyen cosas maravillosas

al tambor indio de la Tierra:

se oye el fuego que sube
y baja

buscando el cielo,
y no sosiega.

Rueda y rueda, se oyen
los ríos

en cascadas que no
se cuentan.

Se oyen mugir los animales;

se oye el hacha comer
la selva.

Se oyen sonar telares indios.

Se oyen trillas, se oyen fiestas.

Donde el indio lo
está llamando,

el tambor indio le contesta,

y tañe cerca y tañe lejos,

como el que huye y
que regresa...

Todo lo toma, todo lo carga

el lomo santo de la Tierra:

lo que camina,
lo que duerme,

lo que retoza y lo que pena;

y lleva vivos y lleva muertos

el tambor indio de la Tierra.

Cuando muera, no
llores, hijo:

pecho a pecho ponte con ella,

y si sujetas los alientos

como que todo o nada fueras,

tú escucharás subir su brazo

que me tenía y que
me entrega,

y la madre que estaba rota

tú la verás volver entera”.

El anterior poema, titulado “La Tierra”, por Gabriela Mistral fue entre muchos textos su recuerdo más íntimo de su infancia, en el que Tamara Romina Rilling Leal, en su tesis de Magíster en Literatura Hispanoamericana Contemporánea de la Universidad Austral de Chile, en la Facultad de Filosofía y Humanidades, se tomó el trabajo de analizarlos, y donde concluyó que esas palabras mistralianas no se agotaban al decir de sus frases, sino al contrario, se presentaban con altísima pertinencia en estos momentos de gran crisis ambiental y humana.

Lo mismo podríamos decir de Colombia, donde la guerra y la modernidad sigue desplazando lo sagrado, quedando por supuesto nuestra sociedad escindida de lo natural. Para ello necesitamos una nueva relación con la naturaleza. Necesitamos cambiar esa actitud arrogante y antigua de dominación y control por una moderna de simbiosis que evite y solucione los conflictos sociales y medioambientales cada vez en aumento.

Afortunadamente y paralelamente también crece la presencia de jóvenes, niños y líderes que empujan ese cambio más humanístico para su generación. En ellos deposito toda mi esperanza.