EL ERROR DE TRUMP CON CHARLOTTESVILLE
Por ERICK WOODS ERICKSON
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Como conservador, veo tanto al guerrero de la justicia social de la izquierda alternativa y a la supremacía blanca de la derecha alternativa como dos lados de la misma moneda. Ambos castigarían a otros por equivocarse. Ambos ven al otro lado no como oponentes, sino como un mal que puede justificadamente ser silenciado. Ambos han aumentado en los últimos años como una respuesta al desmoronamiento de las certezas de la civilización occidental.
Pero los supremacistas blancos, no los guerreros de la justicia social, eran los que estaban marchando con antorchas llenas de citronella en Charlottesville, Virginia, este fin de semana.
Es por eso que es perplejante que el presidente Trump condenó “la flagrante muestra de odio, fanatismo y violencia por muchos lados -por muchos lados”. Un vocero de la Casa Blanca después dijo que “el presidente estaba condenando el odio, la discriminación y la violencia de todas las fuentes y todos los lados. Hubo violencia entre protestantes y contra protestantes hoy”.
Todo eso está bien, y me alegra que dijo algo. Pero este es el mismo presidente quien rutinariamente ridiculizó y atacó a Barack Obama y Hillary Clinton por no referirse al radicalismo islámico por su nombre. En Charlottesville, el mal tiene nombre, y es supremacía blanca.
Nuestra nación tiene una historia desafortunada con la supremacía blanca. Nuestro credo fundador declaró que “todo hombre es creado igual”, pero requirió de mucho derramamiento de sangre para finalmente vivir de acuerdo con ello. Sin embargo ahora sí tratamos de vivir según la creencia de nuestra fundación de que ninguna raza es superior a otra.
La idea de la supremacía blanca tampoco tiene lugar en la ciencia. Tal vez somos de diferentes colores de piel, etnicidades, estaturas, anchos, colores de ojos y sexos, pero todos somos parte de la misma raza humana. Fuera del vientre todos somos iguales, e igualmente necesitados de cuidado. Teológicamente también, la idea de una raza superior es un anatema a nuestra herencia judeo-cristiana. Génesis 1 deja claro que todos somos creados a imagen y semejanza de Dios. Afirmar que una raza es superior a otras es un pecado contra Dios, y los cristianos en los Estados Unidos deben condenar esto con fuerza.
Los blancos del sur bastardizaron la Biblia en el siglo XIX diciendo que el color de la piel negra era la marca de Caín. No tenía base en la Biblia. De hecho, la historia de Noé nos dice que la línea de los descendientes de Caín fue aniquilada en el gran diluvio. Otros reclamaron la “maldición de Ham”, pero eso tampoco tiene una base verdadera en las Escrituras.
La superioridad racial es una idea repugnante y Trump la debe condenar con nombre propio. También debemos notar honestamente que Trump emplea a individuos quienes fortalecen este movimiento. El presidente guiñó el ojo e hizo cariñitos con la derecha alternativa mientras sus asesores lo convencieron de que sería bueno políticamente. No es coincidencia que muchos de los hombres quienes marcharon en Charlottesville llevaban gorras de “Haga grande a América de nuevo”. Este presidente y sus asesores hicieron que el mal nefario se sintiera cómodo al salir de las sombras.
The Daily Stormer, una publicación neo-Nazi, notó de la conferencia de prensa de Trump después de Charlottesville que, “Cuando le pidieron rechazo, él simplemente se retiró del salón. Muy, muy bien. Dios lo bendiga”. El silencio y la ofuscación ante el mal solo alimentan el mal. Nombrar y exponer al mal lo obliga a regresar a las sombras. El presidente que quería que Barack Obama nombrara al islam radical debería tomar su propio consejo y ser contundente. En un día que vio a una persona muerta durante la violencia de Charlottesville, no era necesario que el presidente jugara el juego de “ambos lados son culpables”. Ningún partido protestaría en Charlottesville si los supremacistas blancos no hubieran decidido marchar