El Espíritu
Me encanta encontrarme con personas que miran con espíritu, que escuchan con espíritu, que hablan con espíritu, que caminan con espíritu, que trabajan con espíritu. La palabra espíritu califica algo maravilloso que siempre me ha resultado inspirador, y más si entiendo la inspiración como el estímulo irresistible en producir una obra bella.
Espíritu es gusto, arte, maestría, entusiasmo, donaire, elegancia, gracia, sabiduría, belleza. Toda palabra que inspira admiración y júbilo es expresión del espíritu que está en todo, y que un enamorado describía balbuciente: “Se manifiesta huyendo, si lo seguimos no podemos verlo, esto mantiene el corazón dolido y vigilante”.
Hablando de la imprevisión del arte y sin darse cuenta de que así se refería al Espíritu, Ortega y Gasset escribe: “Vamos por la vida ocupados en nuestros asuntos, y de repente algo nos arrebata, nos saca de nuestro quicio, nos infunde un frenesí, nos arrastra, como el vendaval divino a los profetas, hacia una localidad extramundana”. La diosa razón le impedía al filósofo abrigar la sospecha de que existe algo más.
El Espíritu es sorpresa permanente. Siempre que el hombre pone espíritu en lo que hace, manifiesta la grandeza de su ser, expresa su condición de imagen y semejanza del Creador y cultiva con esmero sus talentos. Modo egregio de vivir su condición de instrumento del Espíritu.
“Te conocí, porque al mirar la huella / de tu pie en el sendero, / me dolió el corazón que me pisaste. / Corrí loco; busqué por todo el día, / como un perro sin amo /.
...¡Te habías ido ya! Y tu pie pisaba / mi corazón, en un huir sin término, / cual si él fuera el camino / que te llevaba para siempre...”.
El atrevimiento de Juan Ramón Jiménez, el autor de este maravilloso poema, se quedó a mitad de camino, pues el caminante que pisaba de continuo su corazón era el Espíritu Santo, el caminante de todo corazón.
Todo existe en relación y sin relación no existe nada, pues la relación, esa corriente de secreta simpatía que une las partes con el todo, es el fundamento de todo. Y la relación no es una cosa, sino el Espíritu Santo que da vida y sentido a cada cosa.
Si me intereso en ver, oír, oler, gustar y tocar, y más aún, pensar, esperar y amar con espíritu, estoy secundando el influjo bienhechor del Espíritu divino en mí para beneficio mío y del mundo que me rodea. Además, quien actúa con espíritu disfruta ya, aun sin darse cuenta, de la arrobadora presencia del Espíritu.