Columnistas

El filón de la ultraderecha

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11 de diciembre de 2018

Desde que el Rey Juan Carlos I puso fin a 40 años de dictadura franquista con el apoyo de todos los sectores políticos y sociales, incluidos los prebostes del propio régimen, nunca en España un partido de extrema derecha había logrado visibilidad en unas elecciones después de la consolidación de la impecable Transición democrática. Sin embargo, ningún país es ajeno al contagio del populismo, sea a diestra o siniestra, y como en el caso de Francia, Italia, Alemania, Holanda o Reino Unido, hay líderes políticos que con un discurso en contra de la inmigración son capaces de sacar petróleo en las urnas. Es el caso de VOX, un partido de escasa implantación en España, que pese a todo ha logrado 12 escaños en el parlamento regional de Andalucía en las recientes elecciones autonómicas. En contra de lo que pudiera parecer, este hecho supone un auténtico terremoto político, ya que España es un país profundamente descentralizado, donde los gobiernos regionales gozan de un grado de poder colosal por el que controlan desde la sanidad o la educación, hasta el cobro de tributos propios, las policías o las prisiones. El sorprendente resultado de VOX ha puesto fin, además, a casi 40 años de control socialista en Andalucía, un acontecimiento que remarca aún más el escrutinio. Resulta que este partido de nuevo cuño, sin apenas estructura electoral, arrasó en uno de los municipios andaluces con mayor población residente de origen extranjero. El Ejido, una localidad almeriense conocida por ser la huerta de Europa gracias al cultivo extensivo de hortalizas durante todo el año bajo mantos de plásticos que se ven desde el espacio, ha votado masivamente por VOX pese a que el censo electoral está lleno de marroquíes, senegaleses, nigerianos o ecuatorianos, muchos de ellos residentes de pleno derecho para votar en las autonómicas por haber regularizado su situación. Han sido pues los propios inmigrantes quienes han aupado en El Ejido a un partido que propone un control extremo al flujo migratorio. Se da la casualidad de que el líder de este partido, que se declara abiertamente demócrata y defensor de la Constitución, un hecho nuevo para un movimiento de extrema derecha en España, ha procurado alejarse del discurso xenófobo de otras siglas similares en Europa. Santiago Abascal, líder de esta formación, distingue entre aquellos inmigrantes que vienen a vivir en guetos, con costumbres que vulneran las leyes españolas, de “nuestros compatriotas hispanoamericanos”. Aunque esta distinción siga resultando igualmente xenófoba, al distinguir entre inmigración de primera y de segunda, son pocas las personas que no estén de acuerdo en permitir la entrada a jóvenes venezolanos, colombianos o paraguayos bien formados y restringir el acceso de gitanos procedentes de los Balcanes o de familias musulmanas estrictas, en las que las mujeres van de la cabeza a los pies cubiertas por un burka.

Viene a cuenta todo esto del acuerdo logrado en el seno de la ONU para ordenar los flujos migratorios globales. Por primera vez, la práctica totalidad de las naciones que integran este organismo, 184 países han llegado a un acuerdo para controlar y asegurar las migraciones. Aunque el pacto alcanzado en Marrakech no es vinculante, se trata de un primer paso para afrontar este drama humanitario y frenar la oleada nacionalista que avanza en Europa y Estados Unidos, país que ni siquiera participó en las deliberaciones por considerar que la ONU está a favor de las migraciones. Mientras media Europa se ha bajado ya de la firma de este documento, desde Bélgica a Austria, cabe preguntarse por qué no somos capaces de afrontar unidos esta situación. Con las herramientas de control actuales es bien fácil expulsar a aquellos inmigrantes que vienen a vivir de las ayudas sociales o a delinquir, y regularizar a quienes llegan a integrarse y a engrandecer a los países de acogida. Todos somos migrantes o podemos llegar a serlo, pero es necesario aclarar que nadie abre las puertas de su casa a quien viene a aprovecharse y a insultar. Basta ya de estereotipos y politiquería. Porque sin EE. UU. y media Europa cualquier acuerdo es papel mojado. Y mientras tanto son millones de personas las que sufren.