Columnistas

EL GUARNECEDOR

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02 de agosto de 2015

Darío habla como un predicador. Su voz es grave. Su hablar pausado. Cada palabra es escogida y lanzada con cuidado, ocultando una tartamudez que le reta. Frisa los cincuenta, es mediano, de contextura gruesa, con una incipiente barriga y algo calvo. Por su apariencia y sus formas, es fácil imaginarlo de cura repartiendo señales sagradas, padrenuestros y consejos a la feligresía en vez de artículos para salones de belleza, que es lo que hace. A veces su conversación se pega un poco y se crea un momento incómodo, lo que uno siente cuando ve una persona buena en dificultades: No te preocupés hermano, calmate, fresco, esperamos.

En Medellín, las casas en los barrios más populares se aferran a la montaña sobre pilotes o se ocultan en la tierra. Donde vive Darío es de estas últimas. Su sitio es pequeño, de luz tenue. Huele a casa de abuelo en pueblo paisa, a cuarto de sanalejo, a carriel. Sus manos son grandes y callosas, quince horas diarias de trabajo intenso, seis días a la semana. No tiene rencores, pero sí deudas, las que ha ido venciendo con la misma paciencia con que doblega su terca tartamudez. Es un guarnecedor de profesión, fabricante de sandalias para pedicura. Y ha asumido bien su rol de pequeño empresario, de hombre de negocios que se aferra a unas pocas verdades que ha construido por intuición, experiencia o una esporádica instrucción formal. Utiliza el poco conocimiento que cae en sus manos, lo exprime, lo vuelve una verdad incontrovertible. Es lo que tiene, lo único y lo atesora. En voz baja transmite sus secretos, entre ellos sus cálculos financieros, aunque estén equivocados.

Su conversación está salpicada de una que otra alabanza a un ser superior, lo que la hace solemne sin ser empalagosa. Nada lo distrae. No le interesa lo que considera una banalidad, que es todo lo que lo pueda apartar de su trabajo. Su mente la centra en objetivos que va cumpliendo y así ya tiene sus deudas ahí, como cucaracha a golpe de sandalia.

Como él, todos los días, miles de personas se levantan en esta Antioquia a buscar su sustento, a hacerse el diario, a luchar contra las adversidades. Son esa fuerza callada, que con la ética de trabajo paisa, ha contribuido a mantener un departamento viable en las horas más aciagas de nuestra sociedad. Personas excepcionales que con esfuerzo y tesón han conseguido sobrevivir precariamente, y que por haber sido gobernados con corrupción, incompetencia, torpeza, impericia o verdadera mala fe no pudimos proveerles de la educación y las oportunidades adecuadas para que tuvieran una vida distinta, más digna, más tranquila. Lo que con seguridad, a su vez, nos hubiera hecho un país diferente, próspero y justo.

Y a eso tenemos que apuntarle, a cambiar esa realidad, a que los hijos de Darío cambien su destino aparentemente indefectible y puedan desplegar todo su talento y tener la vida que escojan, libremente.