El hombre que desactivó una palabra
La palabra es ‘gamín’. El hombre es el padre Javier de Nicoló, muerto hace una semana. Cogió la palabra, desentrañó su inteligencia y picardía, descubrió el modo de desarmarla como si se tratara de una mina antipersonal. Hoy nadie habla de un gamín.
En los años setenta del siglo pasado, hace cuarenta años, Colombia estaba sembrada de gamines. Niños desde los cinco años dormían en las calles, agrupados en galladas, ataviados con cobijas o chaquetas de adultos, pegados a una botellita de pegante.
Aparecían por todas partes, correteaban entre pequeñas fechorías, la vida les tiznaba la cara. Algunos transeúntes los compadecían, otros les temían, para la mayoría eran un fastidio.
Sus pies pequeños confundían, impedían ver la bomba de tiempo que se proyectaba hacia hoy. Fueron famosos. Ciro Durán les dedicó un largometraje documental en 1977, con música de Zumaqué. El Tiempo acogió en una tira cómica a Copetín, símbolo y héroe.
Germán Castro Caycedo incluyó en su libro “Colombia amarga” una crónica de 1975 donde define al gamín como “un ser superior”. Allí revela el secreto descubierto por Nicoló: establecer clubes o casas de rehabilitación, limpias, lindas, donde “lo difícil es entrar. No salir”.
Por curiosidad llegan a conocer, les facilitan duchas de agua caliente, comida, juego, decoro. Esa noche los sueltan de nuevo a la calle. Así por varios días. Ansiosos, vuelven hasta que los dejan dormir allí durante un mes, al cabo del cual los regresan a la calle. En este tire y afloje, se crea en ellos un deseo tremendo. Están picados de dignidad.
Lo demás lo hace la desorbitada inteligencia del gamín, quien “desde sus primeros años ha tenido que luchar casi que salvajemente para sobrevivir”. Bogotá fue el principal centro de operaciones del sacerdote italiano, pero sus casas se multiplicaron por todo el país.
Los niños arrebatados a la calle de la miseria son decenas de miles. Tantos, que sus andrajos desaparecieron del paisaje urbano. Y desapareció la estampa que ofendía al país y al futuro.
Con cada andrajo se borró una letra, una sílaba de la palabra que los nombraba. Desactivada la palabra, se desmoronó la realidad. O al revés. Da lo mismo. Lo cierto es que los gamines son tal vez la más antigua memoria histórica de la guerra. Y quedan como eso, como memoria .