El impuesto a las mujeres
¿Ha nacido usted mujer? Le deseo toda la suerte del mundo. Desde el principio tendrá que luchar el doble que un varón para lograr los mismos objetivos y soportar la envidia y el escarnio (de ellos y ellas) si los alcanza. Sepa que solo por su género tendrá que ganar menos dinero por realizar el mismo trabajo que un hombre. También que, cuando alcance la edad fértil y el momento de procrear, muchas empresas le darán la espalda. Pero, además, habrá de pagar más que un hombre por el mismo producto.
El Gobierno francés investiga si en los supermercados galos las cuchillas de afeitar rosas son más caras que las azules como ha denunciado el colectivo feminista Georgette Sand. La asociación ha constatado que en los artículos de uso cotidiano las mujeres pagan más de manera sistemática. El ejemplo que más ampollas ha levantado es el de la cadena Monoprix. En sus expositores un paquete de cinco maquinillas de afeitar rosas cuesta 1,80 euros mientras que el mismo producto, en tono azul y con cinco cuchillas más, fija un coste de 1,72 euros para ellos. El colectivo cita otros ejemplos, como los desodorantes o los cepillos de dientes, donde el precio se eleva solo por el tono del mango. Vean un ejemplo hilarante: un cepillo de dientes rosa cuesta 5,94 euros en París, pero si es azul para hombre, aun siendo el mismo, el precio baja a 5,78. Y eso en una de las sociedades más igualitarias del mundo.
Al parecer, el rosa es el color del lujo.
En mayor o menor medida todos sabemos que las mujeres pagan de más. El mejor ejemplo es el de cualquier peluquería. Pongan a un hombre y a una mujer con el mismo largo de cabello y, por un servicio similar, digamos un corte de pelo, ella pagará casi el doble que el varón. No tiene sentido, pero así es y todos lo damos por bueno. Sin embargo, es una discriminación de género de cajón.
Esta “tasa rosa” no es exclusiva de Francia. Según un informe de la revista ‘Forbes’, las norteamericanas pagan 1.300 dólares más al año que los hombres por productos similares pero dirigidos exclusivamente a ellas. El gravamen por el que se castiga a las mujeres va desde los perfumes hasta los geles de afeitado. Así, el mismo bote de espuma para el depilado de piernas cuesta siempre más que el que utilizan los hombres para la cara aunque lleve exactamente los mismos componentes.
Las explicaciones son peregrinas y de lo más disparatadas. Los expertos en marketing argumentan que las mujeres están dispuestas a pagar de más por la exclusividad de determinados productos, especialmente los de higiene y belleza. Los fabricantes aseguran que, en determinados casos como en el de las cuchillas de afeitado, las azules se consumen más y que esto abarata su precio. Pero no cuela. La “woman tax” es sexismo puro y duro y comienza desde la cuna. Y es que hasta la ropa de bebé rosa cuesta más que la azul y los juguetes son más caros si están dirigidos a niñas. Aunque hemos avanzado una barbaridad en la igualdad de sexos, seguimos viviendo en sociedades netamente machistas. Desde la política a los consejos de administración de las grandes empresas o bancos, son contadas las excepciones en las que figuran mujeres entre la cúpula dirigente. El ejemplo del impuesto a las mujeres traslada al consumo diario la desigualdad de género que aún hoy persiste sin ninguna justificación.
Quizás si las cuchillas rosas fueran más baratas todos los hombres pasaríamos a afeitarnos con ellas. Quizás el rosa no debería ser más que otro color. Sin impuestos añadidos..