El librero
Hay un cuento de Roald Dahl que me encanta. Se llama “El librero”. La primera vez que lo leí, lo hice creyendo que idealizaría ese mundo que tanto me gusta. Apenas lo terminé me gustó mucho más. El escritor británico exploró un punto de vista más que atractivo: un librero puede ser corrupto, bastante despreciable y algo libidinoso. El giro inesperado y divertido que toma la historia, me hizo pasar un gran rato. Ahora que Nórdica volvió a editarlo, en una edición bellamente ilustrada por Federico Delicado, lo volví a leer y me gustó mucho más.
William Buggage tiene una librería de libros raros en Charing Cross Road, la mítica calle de las librerías en el centro de Londres que conocí gracias a ese otro libro imperdible, “84, Charing Cross Road”, de Helene Hanff. En la librería del señor Buggage nunca se ve a ningún dependiente merodear para ver qué hacen los clientes que miran libros. Su mano derecha es la señorita Muriel Tottle. A ninguno de los dos, por lo visto, les preocupa lo que ocurre en la tienda. De hecho, el señor Buggage suele desearles buena suerte a quienes se proponen robar un libro. La razón es muy sencilla, el verdadero negocio está en la trastienda.
Allí, estos dos personajes analizan quién será su próximo cliente, o víctima, y para eso leen minuciosamente las necrológicas de los periódicos, verifican que los muertos tengan una esposa acongojada pero llena de dinero, reconocen los gustos del difunto y luego sueñan con hacerse más y más ricos en este negocio próspero de los libros que les ha permitido tener 66 cuentas al señor Buggage y 22 a la señorita Tottle en diversas sucursales bancarias. Apenas tienen claro estos puntos, proceden a hacer muy bien su trabajo: Redactan una carta de cobro enumerando títulos aberrantes que se les ocurren y achacan al gusto del difunto marido. Ellos parten de que todo muerto tiene extrañas fijaciones que su familia no tiene por qué conocer.
¿Y qué títulos hacen que las viudas paguen las supuestas deudas del marido? Miren estos para que se hagan una idea: “Cómo satisfacer a jóvenes cuando se tienen más de sesenta”, ilustrado. Impresión privada en París. “La inmovilización: Grilletes y cintas de seda”, ilustrado. “Directorio londinense de damas de compañía”, última edición. El negocio se fundamenta en un sólido mecanismo sicológico: “Golpea a una viuda en el clímax de su dolor con algo insoportablemente horrible, algo que quiera olvidar y dejar atrás, algo que no quiera que nadie descubra. El funeral es inminente, así que saldará rápido la cuenta para quitarse de en medio el sórdido asunto”.
Y así, esta parejita, que disfruta los viajes excéntricos y se atraganta con langostas carísimas y afrodisiacas, nos demuestra que la imaginación de un librero no tiene límites y puede ser más codicioso que un banquero. ¿Cómo termina esta historia? No les diré, lo mejor es que corran y lean este cuento divertidísimo ahora que conmemoramos los 100 años del nacimiento de Roald Dahl.