EL MAESTRO
Lo conocí hace cuarenta años en mi calidad de alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia. Cualquier día, al promediar el año 1976, un compañero muy aficionado al Derecho penal, me habló de las cualidades excelsas del profesor de casuística penal y me invitó, el sábado de esa semana, a asistir a dicha clase. Guiado por la curiosidad, propia de quien apenas frisaba los 20 años, acepté.
El día indicado llegamos al aula situada en el primer piso del bloque 14 de la Facultad. Tomamos asiento, mientras los estudiantes matriculados arribaban; a poco apareció el esperado catedrático. Un hombre de estatura media, tez blanca, cabeza grande, con entradas profundas en su cuero cabelludo, ojos saltones y mirada muy inteligente; entonces, amén de su expresión corporal y el manejo de sus manos, me llamó la atención su tono de voz fuerte, sonoro y ronco, muy cultivado, propio de un gran orador.
Tras los saludos de rigor, nos mostró la importancia del estudio del Derecho penal y, en especial, su faceta profundamente humanística. A poco, empezó su disertación: “Les voy a decir cuál es el libro más importante que deben estudiar, cuando aborden el estudio de un caso de la vida real”, nos dijo. Todos, al unísono, sacamos nuestros cuadernos de notas y tomamos el lapicero para anotar. De inmediato, señaló: “no es necesario que tomen apuntes...El único libro que deben conocer y estudiar de manera concienzuda, es el expediente”. Todos nos miramos, entre incrédulos y sorprendidos; “sí”, dijo, “así no lo crean, si no lo hacen, no podrán defender o acusar a nadie”. Y, de un sobre de manila, sacó una actuación procesal cuyas piezas nos explicó una a una.
Al finalizar, mi amigo lo invitó a que nos tomáramos un tinto en la antigua cafetería. Hicimos la fila y nos sentamos; empezamos a hablar, sus ojos saltones observaban y el verbo salía abundante de su boca. A poco, mi compañero se despidió y me quedé con él. De repente, sobre el banco de madera apareció un temible gusano Barba de Indio. Él, muy diestro, lo puso sobre su mano y me indicó cómo atraparlo para evitar su desagradable picadura. Nos despedimos. Días después el profesor, que se desempeñaba como fiscal de juzgado superior, tenía una audiencia ante jurado; allí estuve escuchándolo y empecé a familiarizarme con el gran humanista y hombre culto, cuya brillantez y sensibilidad social eran inocultables.
Con el correr de los años nos unió una amistad que todavía perdura; la misma que nos permitió compartir escenarios académicos, como los de las revistas Nuevo Foro Penal (gestada por mi recordado profesor Nodier Agudelo Betancur) y Tribuna Penal, donde aparecieron algunos de sus conceptos como fiscal delegado ante el Tribunal que, sumados a otros, posibilitaron que le ayudara a publicar con la Editorial Temis de Bogotá, su libro “Conceptos Fiscales. Por los que nacen procesados” (1985). Incluso, acompañamos al finado Jesús María Valle Jaramillo en su frustrada aspiración de llegar a la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la Constitución de 1991.
Ese excelente ser humano, profesor, funcionario judicial, defensor de derechos humanos y abogado en ejercicio, es uno de esos seres que ha marcado a toda una generación de estudiosos y funcionarios con su amor por el Derecho penal; de él hemos aprendido a reverenciar el dolor humano y a los necesitados, esos que él ─ siendo fiscal─ defendía en sus conceptos al preconizar una justicia diáfana, pura, al servicio de los humildes. Hoy, ese ser extraordinario, cariñoso y afectuoso, magnífico padre, esposo y abuelo, a quien ─ con Hernando León Londoño Berrío─, hemos llamado siempre “el Maestro”, llega a la cima de su existencia porque cumple ochenta años de vida y, a él, al Dr. J. Guillermo Escobar Mejía, quiero desde estas páginas rendirle mi más sentido tributo de cariño, afecto y admiración, porque sus luchas son un legado que alumbra a futuras generaciones.