El misterio
Para Borges, la belleza “no es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos”. Afirmación que avala con este ‘alto verso’ de Ángel Silesius: “La rosa es sin porqué; florece porque florece”.
Así, lo que digo de la belleza y de la rosa, lo digo ante todo de Dios, el sin porqué, la belleza infinita. Por tanto, a Dios, más que pensarlo, lo siento. De mí depende el interés en sentirlo, sabiendo que sentir es un poder sin límites, que cuanto más lo cultivo, más lo siento.
Padre, Hijo y Espíritu Santo son tres siendo uno, son uno siendo tres, el misterio de los misterios, de quien S. Teresa, mística excepcional, tiene una experiencia arrobadora.
“Aquí se le comunican todas tres Personas, y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras [...] que dijo el Señor: que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos”.
De asombro en asombro sigo leyendo la experiencia teresiana. “¡Oh, válgame Dios! ¡Cuán diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera cuán verdaderas son! Y cada día se espanta más esta alma, porque nunca más le parece se fueron de con ella, sino que notoriamente ve [...] que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda, que no sabe decir cómo es, porque no tiene letras, siente en sí esta divina compañía”.
La experiencia de Teresa me deja abismado. Leyéndola, me siento otro siendo el mismo, como si fuera transportado a una tierra extraña de luz. Hombre del siglo XXI, sediento de infinito, me cultivo con esmero para que acontezca en mí “el que no tiene letras”.
Comienzo mi oración santiguándome mientras invoco a la Santísima Trinidad. Me dispongo para experimentar el deleite inenarrable de ver realizada en mí la palabra de Jesús: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Creyente del siglo XXI, reduzco mi oración a repetir sin descanso la misma oración, sin decirla, solamente sintiéndola por concentrar en ella toda mi atención. “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”.
Santa Trinidad, celebro tu fiesta con loca pasión. Anhelo desde ahora ser poseído y poseerte, y así, lleno de gratitud, contagiarte a los demás.