Columnistas

El Murciélago

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29 de octubre de 2017

Hay una túnica china de mujer del siglo XVIII que era para ser usada en ocasiones felices. La túnica está ricamente decorada con olas, emblemas que simbolizan las bendiciones de esta vida y murciélagos. Para los chinos los murciélagos, por su forma de volar, veloces y con ímpetu, eran emblemas de longevidad y de bendiciones. En nuestra cultura el murciélago y su pariente mitológico el vampiro tienen una connotación muy distinta. A raíz de las transformaciones sociales y políticas del Siglo XVIII occidente fue despertando poco a poco para verse de frente a la perversión humana. De allí seres fantásticos como el vampiro cobraron una fuerza presente hoy en nuestra cultura. El murciélago como especie heredó entonces las cualidades de su representante fantástico.

Muchos tememos a los murciélagos, pero no porque tengamos certeza sobre algún tipo de amenaza real de su especie hacia la nuestra. Más bien, es una conducta heredada. Suposiciones que se transforman en convicciones cuando la ficción permea las fibras de la sociedad. La imaginación hace metamorfosis con la creencia y de allí que lo temamos realmente, el murciélago que busca la yugular para cobrar nuestra vida y pagar la suya. Su aspecto de alas grandes, dientes, orejas. Su velocidad, esa misma que impresiona a los chinos, alimentan la monstruosidad, y refleja el gran valor que nuestra sociedad pone en la apariencia.

Los murciélagos son criaturas maravillosas y de grandes habilidades. Su forma de emprender vuelo, de planear, la manera de colgar de sus dedos para dormir boca abajo de día. Este último aspecto quizás el que más se presta a su mala fama, pues cómo no desconfiar de aquellas formas de vida que prefieren moverse bajo el velo de misterio que les ofrece la oscuridad. Los murciélagos no tienen alas, son más bien una especie de manos que sirven para volar. Incluso tienen un pulgar oponible que los acerca más a los primates y los aleja de las aves. Tienen cuerpo de roedor, baten las alas, se mueven gracias a un sofisticado equipo sonar, emiten sonidos ultrasónicos, es decir, que nosotros los humanos no los podemos percibir. Los murciélagos polinizan las flores de la oscuridad. Son abejas que trabajan el turno nocturno. Son tímidos. Son limpios como los gatos. Las hembras son madres abnegadas que reconocen a sus crías entre millones. Si hay hambruna en una comunidad, vomitan para compartir el alimento.

Los murciélagos son magia de la naturaleza conjugada en algo real. Una criatura que desafía las clasificaciones y sirve de puente hacia mundos imaginarios. No solo sirvió al vampiro de Polidori y el de Bram Stoker, sino que a lo largo de la historia ha ilustrado lo que son las fuerzas ocultas, sobre todo porque algunos en efecto son hematófagos. El murciélago pasó a formar parte de la corte de monstruos que hace vida en tinieblas espirituales y así los vemos desde la escultura maya hasta las gárgolas medievales.

En nuestra cultura el murciélago pervierte, devora, engulle la vida y corrompe a los seres puros contagiándolos de su insaciabilidad. El murciélago vampiro representa el deseo irrefrenable, la pérdida del control, el daño absoluto, el peligro y la tentación del mal que nos acecha a los seres humanos que nos descuidamos. Encarna la posibilidad de que las tinieblas nos engullan, no solo física sino espiritualmente.

Nos inventamos monstruos en un intento de dar orden a nuestra propia capacidad de maldad, pero cuando vemos la naturaleza de cerca podemos ver también que esa condición es humana, y aunque natural del hombre, el planeta que vivimos, su ecosistema, su modo de funcionar no está hecho para el daño, sino para la supervivencia y la evolución.

En occidente desde la fealdad, la forma violenta de su movimiento y la capacidad para desdoblarse en mito, el murciélago atrae miedos y nos mueve al terror. Nos enseña el profundo atractivo que tiene para los hombres aquello que viene de lo oculto, de lo que aún con el paso de los siglos todavía no podemos definir. El misterio de la vida, los mundos lejanos, lo que hay después de nuestro último suspiro, la existencia de una fuerza oscura que justifique las atrocidades de la humanidad. Sin embargo, para otras culturas es belleza y bendición. El murciélago demuestra lo limitada que es la visión humana, cómo para llegar a ver bien debemos superar nuestra imaginación y nuestros prejuicios.