El obispo del barrio
Por Carmen Elena Villa
Encontré hace poco una de esas historias que avivan la esperanza. Se trata de la vida de monseñor Alfonso Gallegos (1931– 1991), quien fue obispo de la diócesis de Sacramento–California. La Santa Sede lo declaró venerable recientemente, lo cual indica que solo faltaría que se compruebe un milagro gracias a su intercesión para que sea proclamado beato.
Al enterarme de esta noticia quise leer su biografía, que se titula “Obispo del barrio”, escrita por John Oldfield. También quise hablar con varias de las personas que lo conocieron.
Nacido en Albuquerque (Nuevo México), era de origen hispano. Pertenecía a la cuarta generación de inmigrantes mexicanos. Sufría de una severa miopía y tenía serias dificultades al leer. Pero este factor no fue excusa para que ingresara al seminario de la orden de los agustinos recoletos.
Fueron varias las misiones que tuvo como sacerdote. Entre ellas la parroquia de San Miguel en Watts, un sector muy convulsionado de Los Ángeles, escenario de una gran violencia cuyo origen es el conflicto entre bandas de inmigrantes afroamericanos e hispanos.
“Eran tiempos difíciles..., varios amigos fallecieron”, me comentó Humberto Lozano, uno de los tantos que conoció a monseñor Gallegos. “Muchas veces yo tenía que correr de la escuela a la casa porque las bandas nos perseguían. Brincaba una y otra cerca para ponerme a salvo”. Y aseguró que conocer al entonces Padre Alfonso “fue lo mejor que me pudo pasar en la vida”.
Este pastor hablaba con los jóvenes pandilleros, apostaba por ellos y por su futuro, los animaba a que dejaran la vida de vicio y a que estudiaran. Para ello buscaba becas y recursos. Muchos jóvenes, como Humberto Lozano, cambiaron la vida de peleas callejeras por la solidaridad y el servicio. Humberto hoy es policía, y dice que esta opción la hizo gracias a los consejos del padre Gallegos.
En 1981 el papa Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Sacramento. Decían quienes lo conocían que el lugar que menos frecuentaba era su oficina en la cancillería. En cambio, le gustaba pasar el tiempo entre la gente, especialmente entre los inmigrantes refugiados hispanos que tanto sufren por haber dejado su lugar de origen, haberse separado de su familia, muchos con el peso de verse obligados a permanecer indocumentados y con el miedo constante de ser deportados.
Y fue en su servicio a Dios donde monseñor Alfonso encontró la muerte en octubre de 1991 cuando, después de administrar el sacramento de la Confirmación en una parroquia, el motor de su automóvil dejó de funcionar. El obispo se bajó en plena autopista para empujar el vehículo, pero otro carro lo atropelló y él murió de manera instantánea. Tenía 60 años.
Su historia me llenó de esperanza. Saber que el ejemplo de alguien que murió hace casi 25 años sigue haciendo mella en tantas personas, en medio de un lugar tan violento y de tanto sufrimiento, me hizo ver cómo el bondadoso corazón de este pastor marcó la diferencia.
“Recuerdo que cuando fue nombrado obispo eligió como lema «Ámense los unos a los otros» (Jn 4, 7)”. Él vivió realmente este lema”, me dijo Juanita Patterson, una amiga del obispo.