Columnistas

EL ORDEN DE LA LIBERTAD

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10 de julio de 2017

El tema del incumplimiento de la ley, esto es, de la anomia, es tan antiguo como el hombre; por eso, se trata de uno de los problemas clásicos de la filosofía política que se pasea por la pluma de pensadores como Aristóteles, Cicerón, Durkheim y Merton, o surca los renglones de intelectuales contemporáneos como Carlos Santiago Nino y, ahora, Mauricio García Villegas quien, con su obra acabada de aparecer, ve en tan difícil asunto uno de los componentes de nuestro subdesarrollo.

Se trata de un trabajo muy bien escrito que es fruto de una introspección laboriosa; confeccionado por un pensador maduro, laicista, y muy preocupado por su dolido país y América Latina toda. A ratos una vibrante autobiografía (así él lo niegue), plagada de anécdotas, dichos, apuntes llenos de inteligencia y mordacidad, todo ello sin que la jocosidad, la nostalgia y las alegrías, dejen de desfilar por esas páginas de fácil lectura que, a la vez, están adornadas con una honda meditación sobre el Derecho y su papel en una sociedad como la nuestra.

El texto tiene también los visos propios de una afortunada cavilación sociológica y política (hace una propuesta muy concreta para quienes defienden ideas progresistas) sobre esta sociedad descompuesta, opresora, diversa, trágica, sorprendente, descaradamente desigual y clasista, anárquica, sangrante e irreflexiva. Pero, y eso no debe sorprender, también es una creación con tintes literarios porque García Villegas hurga en las más importantes obras de la escritura universal para hacer su tarea.

El título dado al opúsculo se explica con la crítica que el autor hace a los fundadores y sostenedores de nuestra República sin democracia, de papel, que, ya transcurridos doscientos años, “pusieron en el escudo nacional la inscripción «libertad y orden», pero nunca se tomaron en serio la tarea de hacer las dos cosas (libertad más orden) al mismo tiempo”; por eso, asegura: “desde entonces el país se debate entre la libertad sin orden y un orden sin libertad” (pág. 153).

Desde luego, el gran talante cuestionador del autor oxigena y marca nuevos senderos, planta luces donde abundan las sombras; discute este caos aterrador que es nuestro vivir cotidiano. ¡Tanto desorden e improvisación que solo desencadenan corrupción, ilegitimidad y fragilidad! Pero, más allá de un pesimismo desesperante, recuerda que todavía quedan quimeras para soñar así su realización sea todavía muy lejana.

El lector tiene en sus manos, además, uno de los más bellos y sentidos homenajes que un hijo le haya hecho a su padre tras su absurda muerte, luego de que un motociclista infame -que como tantos colombianos cree que el derecho a disfrutar la libertad radica en pisotear las normas- lo privara de la vida en la calle San Juan de Medellín; por eso, la imborrable huella paterna (la propia de un librepensador que emergió de una familia clerical y tradicional) se pasea por todas y cada una de las páginas. Un discurso indomable y muy digno que clama por un país mejor, por una sociedad más justa y respetuosa de la persona humana; un mensaje para un colectivo social que, gracias a esa proterva anomia y a la falta de Estado, perdió su norte y su libertad.

Un libro muy oportuno que pone el dedo en todas las llagas; cuestionador, irreverente, duro pero real; un ejemplo paradigmático de lo que debe ser la Academia (con mayúsculas) en una organización comunitaria como esta: crítica y no servil a los poderes que nos quieren borrar de la faz de esta arrobadora geografía, cuya belleza no se resiste a morir. En fin, un texto vibrante, fogoso y profundo, que hace recordar las hondas coplas escritas por Jorge Manrique en 1477 cuando feneció su padre, las mismas que hoy se pueden repetir a la memoria de don Jaime García Isaza: “No se os haga tan amarga la batalla temerosa que esperáis, pues otra vida más larga de la fama gloriosa acá dejáis...”.