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El perdón como ganancia

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04 de mayo de 2016

El perdón encierra su contrario. El puñal que acabó con el padre no se vuelve contra el asesino, sino restaña con su filo la cremallera herida en el alma de la hija. Lo hace a manera de cauterizador, de quemadura que higieniza.

Duele, claro está, pero expulsa el tumor, hace innecesaria la amputación de algún órgano espiritual. La víctima o doliente realiza la consumación del duelo y sigue hacia el futuro con la satisfacción de haber contribuido al equilibrio universal.

Así pues, el perdón no es generosidad sino ganancia. Quien perdona se hace un beneficio que únicamente él puede darse. El criminal no interviene en este trance trascendental.

A lo sumo es informado del acto por el cual sus perjudicados se despojan de la feroz venganza. Así como estos no ruegan de él un agradecimiento, el hombre de armas no tiene el poderío de conferir alivio a los sacrificados ni a sus familiares.

Son estos, en su íntimo albedrío, los que algún día resuelven quitarse de los hombros la carga del rencor. Al hacerlo devienen más grandes que aquel que una noche dispuso de la vida insustituible de sus parientes, como si tuviera potestad para volver a crearla.

En una prosa titulada “Una oración”, perteneciente al “Elogio de la sombra” 1969, Borges encerró en tres renglones esta consideración:

“No puedo suplicar que mis errores me sean perdonados; el perdón es un acto ajeno y solo yo puedo salvarme. El perdón purifica al ofendido, no al ofensor, a quien casi no le concierne”.

La sociedad suele admirar a los que perdonan. Les confiere aura de heroísmo. Tal vez esta lisonja se deba a la escasez de perdonadores. Y esta escasez puede explicarse por la inversión de los términos: se cree que quien perdona es un doble sacrificado, pues abdica de su derecho a la venganza.

La realidad es inversa: la venganza prolonga la aflicción, ubica a la víctima en la misma órbita del victimario. Al incluirse en esta lógica, el sufriente termina pareciéndose a su enemigo.

El perdón, en cambio, permite un salto, no mortal sino vital. Le grita al perpetrador: “No pertenecemos a la misma humanidad. Comprendo tus razones pero me afianzo en mi razón y en mi corazón”.

Aunque Borges opine diferente, algo de esta sacudida puede concernirle al ofensor. Al fin y al cabo ese sobreviviente que lo perdona, le habla desde un modo diferente de ser hombre.