El poder de la “basura blanca”
Hubo un tiempo en que los estadounidenses creían que el Papa de Roma había ordenado la invasión del país. Los protestantes, que se autodenominaban «nativos» pisoteando la historia de las naciones indias y de los españoles, los primeros europeos en levantar una ciudad permanente en Estados Unidos –San Agustín, en el norte de Florida– en 1565, cuarenta y dos años antes de que los ingleses fundaran Jamestown, temían que las avalanchas de católicos irlandeses y alemanes los desplazaran y acabaran con su concepto de la «Nueva Jerusalén»: blanca, anglosajona y protestante. Con los primeros pereginos británicos llegaron muchos alemanes, la mayoría protestantes del Palatinado, menonitas, moravos y judíos. Pero el mayor flujo de alemanes se produjo entre 1820 y la Primera Guerra Mundial, cuando entraron casi seis millones de germanos a EE.UU., la mayoría de ellos católicos. Su desembarco coincidió con la llegada de unos cinco millones de irlandeses, que huían de la atroz hambruna que arrasaba la isla. Atemorizados, los protestantes extendieron el rumor de que los «papistas» y los propietarios de las plantaciones esclavistas conspiraban para acabar con la democracia americana. Las tensiones religiosas eran crecientes, con Tammany Hall, el brazo ejecutor del Partido Demócrata, reclutando irlandeses sin cesar. Según desembarcaban, Tammany Hall les ofrecía trabajo en Nueva York a cambio de su voto. Para contrarrestarlo, en la década de 1840 surgió un partido anti-inmigración conocido como el Partido Americano, popularmente conocido «Know Nothing». Su ideario se basaba en el anti-catolicismo, la limitación de la inmigración y el anti-esclavismo, más que nada por llevar la contraria al sur demócrata. Los «Know Nothing» fueron fuertes en ciudades como Chicago, pero finalmente acabaron absorbidos por los republicanos.
Sin embargo, el fenómeno anti-inmigración en un país fundado por las sucesivas oleadas migratorias de todo el mundo no cesó. En 1892 surgió el Partido del Pueblo o Populista con la base de las asociaciones de granjeros que exigían cerrar el país a las importaciones agrícolas ante la caída de precios y clamaban contra los altos intereses que debían abonar a los bancos. El nuevo partido proponía la nacionalización de la banca, los ferrocarriles y los telégrafos, la prohibición de latifundios absentistas, la creación de impuestos progresivos, la jornada laboral de ocho horas y, cómo no, la restricción de la inmigración. Los populistas participaron en las elecciones de 1892, obteniendo victorias en Idaho, Nevada, Kansas y Dakota del Norte. A nivel nacional, eligieron tres gobernadores, diez representantes y cinco senadores. Su candidato a la Presidencia, James B. Weaver obtuvo un millón de votos.
Estos son tan solo dos ejemplos de cómo el debate anti-inmigración, con ramalazos racistas y sectarios, ha dominado la política estadounidense. Hoy, muchos de los blancos que han perdido sus trabajos o que viven en zonas deprimidas donde hasta el final del pasado siglo florecían potentes industrias, sienten que sus vidas son peores por culpa de la inmigración. Allí y entre muchos campesinos ha calado el mensaje anti-hispano de Trump. Los descendientes de los pioneros claman contra los «demonios extranjeros» mientras se atiborran de perritos calientes y hamburguesas (los platos “nacionales” traídos por los alemanes). Los llamados «white trash» (basura blanca) son los «Know Nothing» de estos tiempos, pero esta vez pueden ganar el poder si Trump logra llevarlos a las urnas. Así es la democracia por mucho que The New York Times, Hollywood o la CNN se empeñen. Hillary Clinton no ha ganado aún y la antipatía que despierta entre las clases medias venidas a menos no deja de crecer. Las últimas sorpresas en Reino Unido y Colombia son una seria advertencia de que, a veces, los ciudadanos no votan lo que las encuestas quieren. Cuidado: la «basura blanca» sí vota.