El Poder de la Palabra
A Judith Abenante. Tu regalo por siempre en mi corazón.
Aprendí a leer a los siete años. Fue un logro que duró poco, porque cuando aprendes a leer no has conseguido nada, sino que la aventura apenas comienza. En primer lugar empiezas a descubrir uno tras otro libros que quieres devorar y que no te alcanza la vida para hacerlo. En mi casa había una enciclopedia para niños en cuyos tomos descubrí desde el ciclo del agua, hasta las partes de la flor, pasando por otras cosas como las heces y enfermedades de la piel que mezclaban la curiosidad, el asco con la paranoia de pensar ¿eso me puede pasar a mí? Pero parte de leer esos textos tenía que ver con la frustración que sigue al aprender a leer, que es que hay tanto que desconoces, que si después del logro te sientes gigante también te vuelves consciente de lo pequeño que eres. Claro que esa reflexión no la hice a los siete, sino ahora, cuando entiendo no sólo de dónde venía ese malestar, sino a dónde condujo. Y ese lugar es: el diccionario.
Apenas aprendí a leer comencé a desbordar a mi mamá de preguntas: ¿Qué es jabalí? ¿Zafarrancho? ¿Qué es una danta? ¿Qué es un tigre de Bengala? ¿Qué es sobresaliente? ¿Perplejo? ¿Enjambre? Mi mamá no me dijo nunca el significado de una sola palabra. Su respuesta firme y contundente siempre fue: búscalo en el diccionario. Resignada yo iba con un pequeño Larousse ilustrado que todavía conservo y buscaba allí los significados. Los cuales por supuesto a veces me dejaban con más preguntas y otras me dejaban perplejas. En los diccionarios encuentras desde los misterios de la geografía, hasta cuestiones históricas. Aprendes de botánica, de zoología, de cocina. Aprendes incluso a usar las groserías y malas palabras con una propiedad que les da más fuerza en caso de que quieras usarlas.
Con esa lección mi mamá logró dos cosas: que me enamorara de las palabras y me enseñó la importancia de descubrir las cosas por mí misma, de ir a la fuente sin esperar que me cuenten, que me digan, sin asumir que las cosas son como otros me las dicen y así repetirlas. Es que el conocimiento es algo que uno tiene que aprender a descubrir. Sobre todo el del lenguaje.
Soy una enamorada de los diccionarios desde entonces. La base de nuestros pensamientos están encerrados en esos tomos que lo contienen todo. Desde Saturno hasta la materia oscura, desde la independencia hasta la corrupción. Desde las esfinges hasta Antártida. El universo es un infinito, pero el diccionario es la única herramienta que ha logrado contenerlo.
De unos años para acá he descubierto historias de diccionarios y cómo se escribieron. Una fascinante es la del Oxford English Dictionary, un diccionario de uso que utilizó 1.827.306 palabras para definir las 414.825 palabras que contiene. Decenas de miles de esas defunciones las compiló un veterano de guerra estadounidense desde su encierro en un manicomio, el Dr. W.C. Minor. El diccionario comenzó cuando la Sociedad Filológica de Londres pidió un nuevo diccionario que se estimaba tardaría diez años en terminarse. A los cinco años de haber comenzado iban por la palabra: ANT. Tomó casi cuatro décadas y su editor principal no logró vivir para verlo terminado, pero su legado vive en esas palabras.
El español también tiene una gran obra titánica y maravillosa: el Diccionario del uso del español. La obra es de María Moliner, una bibliotecaria y filóloga española que se dio a la tarea de hacer un diccionario de uso de nuestro idioma. Durante quince años en la sala de su casa, rodeada de libros y de fichas, María sola construyó una de las obras más bellas del español.
Un diccionario de uso que tiene al rededor de 80.000 palabras. Ese diccionario que fue la fascinación de García Márquez y que contribuyó como pocas obras a nuestro idioma no fue suficiente para ganarle a María una silla en la RAE porque ella era mujer. Pero María nos dejó la herramienta más poderosa que alguien puede tener: la palabra.