EL POQUITO DE FIDEL EN TODOS NOSOTROS
Por ACHY OBEJAS
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El titular pasó por la pantalla de mi computador después de las 10 de la noche del viernes. Fidel Castro había muerto. Era una noticia que llevaba toda mi vida esperando, sin embargo vacilé.
No era que no lo creyera, sino más bien que el evento era uno que habíamos practicado tantas veces que ahora que realmente había sucedido nos cogió, a cubanos dentro de y por fuera de la isla, desprevenidos.
Mis primos en Miami enviaron textos diciendo que iban a salir a sacudir la bandera y cantar por una Cuba libre.
En España otra prima lloró. La tensión en su espalda, dijo, había desaparecido completamente. Mis amigos en La Habana respondieron a mis llamadas con silencio. “Sí, está muerto...” reconocieron, luego la línea se entrecortó con transmisiones de televisión en la distancia o ruidos en la cocina. Los podía ver, a cada uno de ellos, con la mirada fija en el espacio.
Todos hemos estado esperando, esperando que esto suceda. Todos nosotros ligados a Fidel: quedarse o dejar a Fidel, amando o detestando a Fidel.
¿Y como me siento? La distancia entre mi cuerpo y Cuba nunca ha parecido más grande. Me siento extraño, aliviado y un poco triste. Nací en esa isla justo cuando su revolución sacudió e inspiró al mundo a medida que partía a su pueblo en dos: los de adentro y los de afuera. A los seis años, me sacaron. En la segunda mitad de los 90 regresé a vivir allá por unos años. Extrañamente, cuando estaba allá, casi nunca pensé en Fidel.
Durante ese tiempo, una vez me encontré en el mismo espacio que él, un salón de ceremonias en La Habana para una celebración del 26 de julio, el aniversario del catastrófico asalto de los jóvenes rebeldes contra el cuartel Moncada. Una amiga y yo habíamos conseguido boletas al exclusivo evento. Cuando él llegó, sentimos temblar el auditorio cuando lo vimos a 50 yardas, un viejo y sin embargo tan majestuoso como siempre habíamos escuchado pero no podíamos imaginar. Para nuestro asombro, pareció voltear hacia nosotros.
Y luego nos agarramos de las manos. “Nos tenemos que ir ahora mismo”, dijo mi amiga. Yo asentí con la cabeza: de repente me sentí aterrorizado porque de alguna manera podríamos quedar cerca de él y una foto del momento llegaría a Miami, causando que mi familia entera se muriera. Para ella, quien vivía en Cuba, las posibilidades eran mucho peores. Salimos de allá corriendo, sin aliento hasta que llegamos al Malecón. “Tenía miedo,” dijo ella después, “de que no iba a ser capaz de mantener la boca cerrada y que iba a empezar a gritar. “Abajo con Fidel!”
He pensado en mis padres. Mi padre conocía a Fidel desde su niñez, y porque lo conocía, es uno de los pocos de su generación que nunca, ni una sola vez, sintió favor por la revolución. Mi padre lo detestaba, inequívocamente y con furia singular porque, en su mente, Fidel interrumpió su vida, lo obligó hacia el exilio y arruinó a su país.
Fidel encarnó lo mejor y lo peor de nosotros. Amábamos su inteligencia. Y su rebeldía. Odiábamos sus ambiciones y amábamos que las tuviera.
Perversamente, no mucho cambiará en Cuba después de Fidel. Entregó el poder a su hermano en el 2006 y lo hizo permanente en el 2008. El futuro de Cuba no ha sido suyo por mucho tiempo. Y sin embargo el futuro tampoco se siente como si estuviera en manos del pueblo cubano.
Fidel no solo contuvo a multitudes: tomó los destinos de todos y los rediseñó. ¿Quién sería yo si la revolución de Fidel no hubiera sucedido y mis padres no se hubieran ido? ¿Quiénes serían aquellos que quedaron en la isla si aquellos quienes nos fuimos nos hubiéramos quedado a sus lados? ¿Quiénes seríamos cualesquiera de nosotros si Fidel no hubiera causado esta ruptura en nuestras vidas?
Después de todos los titulares y los gritos, después de todas las llamadas desde todos los lugares por donde nos hemos regado los cubanos, esto es lo que nos espanta.