Columnistas

El precio es correcto

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03 de diciembre de 2014

Los economistas de gafas en la punta de la nariz y los que activamos la calculadora mental en la fila de la caja registradora, poco conocemos las fluctuaciones del “gran sistema”. Sabemos que cada cosa que echamos en la canasta tiene un precio, que existen normas no escritas que rigen el mercado... y nuestras vidas.

Hace unos días, en Francia, un grupo de activistas protestó por el sobrecosto de los artículos de color rosado. “Es el precio de ser mujer”, reclamaba. En una de las filas de marras, con mis gafas deslizándose sobre el tabique, comparé el precio de unas Gillette Prestobarba 3: las negras valen $7.180, y las rosadas, $8.760.

El margen de acción: ceder a la presión de la publicidad, llevar la más barata que ofrece el mismo servicio, acudir a otra forma de eliminar el vello. O, simplemente, no comprar nada y asumir las impugnaciones de la vanidad.

Finalmente, el fabricante tiene la libertad de producir y el consumidor de decidir.

Pero el asunto supera la economía. Cada vez conquistamos nuevas libertades. Todas tienen un costo (aunque no toquen la billetera).

El que decide no estudiar en una universidad, teniendo cómo pagarla, porque prefiere ser panadero. La que sopla treinta velas en un pastel con dos certezas: jamás se casará ni parirá. Aquel que se debate entre el amor que le dará seguridad por el resto de su vida y el que le dará la vida sin importar el resto.

Los paisas, en especial los criados en Antioquia, tenemos un miedo que parece codificado en nuestro ADN: la libertad.

Que perfume las montañas de mi tierra, que aspiren mis hijos sus olorosas esencias... pero que no me haga decidir. Ni me ponga en esas.

Nos encanta hablar de seguridad (aún más si es “democrática”) y vivir en guetos, porque eso nos ofrece la cómoda “estabilidad” de no pensar qué hacer, cómo dirimir los conflictos. Mezclarnos.

El miedo a la libertad es otra consecuencia de la tristemente célebre cultura del atajo: es más fácil que otros decidan por mí, sin importar cómo lo hagan. No asumir consecuencias.

Que me digan cuál cuchilla comprar, qué carrera estudiar, cómo responderle a la sociedad y sus “normas no escritas”: ¿por qué nunca me casé ni parí? ¿Por qué me quedé con la que quería y no con la que debía?

No hay regateo que valga. Todo lo echamos en la canasta...

(“Salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía”, diría el maestro Rubén Blades).

Cada conquista con su factura. Lo supo Sócrates mientras el sorbo de cicuta se deslizaba por su lengua; María Antonieta cuando oyó amolar la hoja de la guillotina; Houdini, contorsionándose entre cadenas adentro de un baúl en el río. Y, claro, lo sabemos las que llevamos toda la vida usando (a hurtadillas) las cuchillas de afeitar del hermano, del papá o del enamorado: no nos importa el color del asa, ni a ellos el precio de vivir a nuestro lado.