Columnistas

El realista ajusta las velas

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02 de abril de 2018

Querido Gabriel,

Estuvimos en el mar, con Paula, Alejandro y unos amigos, y él nos introdujo a la navegación a vela, su deporte favorito. Te hubiera gustado estar porque cada instrucción fue una perla filosófica. El manual que ojeamos en el corredor traía en la portada la frase del matemático británico, William Ward: “El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas”. ¿No te parecen poderosas estas sencillas palabras?

Luego, la vivencia superó la teoría. Al comenzar a navegar, fue sorpresivo que, rumbo al occidente, nuestro capitán dirigiera la proa del velero hacia el oriente. En lugar de viajar directo, comenzamos un metódico zig zag con el fin de usar a nuestro favor un viento que venía en contra. De esta manera, llegamos en un rato a la playa pretendida. La distancia más corta no fue la línea recta, y tanto fue el placer del viaje y de la caricia violenta de las olas, que medir el tiempo resultó innecesario e irrelevante. Aprendimos que, para llegar a un lugar, antes que empecinarnos y perseguirlo obsesionados, es fundamental comprender los vientos, tener paciencia y ajustar las velas. “Todo lo define el viento”.

Nos educamos en la norma cuadriculada. Nos enseñaron muy bien a planear y organizar, pero poco a ser receptivos, adaptarnos y vivir pacientemente.

Por eso te pregunto y me gustaría saber qué piensan en tu grupo: ¿Cómo logramos esa rara habilidad para ajustar nuestros planes cuando cambia la situación? ¿Cómo aprendemos a distinguir entre indolencia y paciencia? ¿Dónde está ese límite entre la perseverancia y la obcecación? ¿Cómo interpretamos los vientos de la vida y las corrientes del mundo?

Aprender a ajustar nuestros planes, cambiar cuando el entorno cambia, debería ser tan simple como evitar un arrecife o aplazar la partida en la tormenta. Como descubrió Darwin, en la naturaleza solo es posible adaptarnos o extinguirnos. Vivir la vida es como manejar un barco de vela, donde hay dos actitudes peligrosas: la primera es no gobernarlo para nada; la segunda es pensar que lo controlamos plenamente y mantener a toda costa el plan inicial como si viajáramos sobre los rieles de un tren y no por el ancho mar. Pero otra, la sensata, es leer el entorno y actuar en consecuencia, sin perder de vista las señales que encontramos y el amplio panorama de los acontecimientos.

Te invito a hacer una tertulia sobre el magnífico arte de ajustar las velas, sin rendirse ni perderse. Pensemos en cómo educamos para un mundo cambiante sin inducir a esquivar, de ninguna manera, los dilemas éticos del siglo. Propongamos que quienes aprendan a leer los hechos y se adapten, sin por ello acomodarse, serán los verdaderos capitanes de su vida. Insistamos en que no triunfarán los dueños de la verdad, los tercos y los duros, sino los curiosos, coherentes y flexibles, seres que sobreviven y descubren continentes, porque comprendieron que el viento no es el enemigo, sino el camino.

Se despide, tu contertulio epistolar.