El saludo de la paz
El Concilio Vaticano II determinó que en la eucaristía, antes de la comunión, cada asistente dé a los demás el saludo de la paz, creando así una atmósfera de transparencia afectiva.
Este rito lleva a cada participante a tomar conciencia de ser un instrumento de paz que compromete todo su ser por tratarse de un regalo divino. La paz es el saludo definitivo de Jesús a sus discípulos, todo ser humano.
El saludo de paz, expresado en la eucaristía, pertenece a la trama de la vida cotidiana. Necesito tener lo que doy. Y sé que doy paz, porque es la planta que cultivo.
Según el evangelio, el que trabaja por la paz es hijo de Dios. Paz y fraternidad van de la mano, hacen referencia a lo más natural de la vida cotidiana, como si cada latido del corazón fuera una invitación a vivir amónicamente, en paz.
Paz es la armonía que proviene del amor. Por amor, vivo en unidad conmigo mismo. El amor a mí mismo me llena de paz, pues él es la fuente de mi armonía interior y exterior.
Dios es amor y por ser amor sale de sí mismo a crear criaturas de amor. Por tanto, mi distintivo es el amor, que me lleva a hacer unidad conmigo a través de mi existencia, y así orar como el anciano Simeón: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz”.
Soy agente de paz cuando vivo en armonía conmigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. La paz, fruto del amor, es la máxima expresión de la divinidad en mi vida. “Y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. Canto de ángeles en verdad.
Cuando Jesús revela: “Yo y el Padre somos uno”, está presentando su identidad, pues unidad es relación de amor, la expresión perfecta de la paz, armonía de las partes en el todo.
Guerra y paz son una decisión. Vivo en guerra conmigo si alimento sentimientos de rabia, odio, tristeza o amargura. Y vivo en paz conmigo si cultivo sentimientos de confianza, alegría, fortaleza, acogida y gratitud.
El saludo de la paz trae consigo todos los bienes materiales y espirituales. El regalo que hago a mis familiares y vecinos al decirles: buenos días, buenas tardes, buenas noches.
La simpatía arrolladora de San Francisco de Asís se puede sintetizar en su oración cósmica: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.
La urgencia del hombre del siglo XXI.