EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS
“Cada vida humana está llena de la vida de otros que le han aportado a su existencia. Y la propia vida solo se llena contribuyendo positivamente a la vida de los demás”. La frase es un trino del doctor Andrés Aguirre Martínez, director del Hospital Pablo Tobón Uribe, quien, sin darse cuenta, muchas veces se convierte en mi filósofo de cabecera, en especial cuando siento que el pesimismo y la desesperanza nos quieren doblegar.
Y lo copio, lo pego y lo publico en este espacio no solo porque lo comparto de pe a pa, sino porque tiene que ver con la satisfacción de ayudar a los demás, sea cual sea el espacio en el que interactuemos.
No sé ustedes, pero yo por esta época siento que me cambian el corazón por el de una niña. Cada luz que encienden en una ventana me hace sentir que en el aire hay magia, que las alegrías se multiplican y que es posible conjugar los verbos dar y servir, más que en ningún otro momento del año, con pequeños actos y pequeñas cosas que para otros puede significar un mar de bienestar.
Si bien la felicidad no es un destino sino un estado, a veces se dificulta alcanzarla por las durezas y carencias que la vida nos presenta. Nada es fácil, pero lo que cuesta un poco de esfuerzo es mucho más satisfactorio. Y más si en ese esfuerzo se incluye ayudar a quienes tienen menos. Cada año cantaleteo el apoyo a las pequeñas causas, porque he vivido de cerca la emoción de entregar un juguete, un mercado básico o una muda de ropa. Para quien dona puede ser como arrancarle un pelo a un gato, pero para quien recibe puede ser un mundo de felicidad. No hay que ser ostentosos con el ánimo de quedar bien ni mucho menos demostrar que se tiene mucho ante quienes tienen menos.
En el entorno cercano seguramente encontraremos familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que pueden estar en una situación difícil y bien les vendría un poco de ayuda. Y no siempre la ayuda se expresa en dinero. También se vale regalar abrazos, momentos para desahogarse y palmaditas en el hombro, que no solucionan nada pero se traducen en “aquí estoy y aquí me quedo”, como dijo alguien de cuyo nombre no quiero acordarme.
Los niños y los ancianos desprotegidos son candidatos ideales para recibir regalos inesperados, aunque a veces toca cambiar la intención por imposibilidad económica, como cuando se hacía la marcha del juguete para los niños de Farallón, la tierra de mis mayores, que cada año eran recibidos por los más grandecitos con algo de indiferencia, hasta que se hizo evidente que lo que querían eran tabletas y celulares. ¡Recontrachanfle! Nos pusieron la vara muy alta, y como cada quien conoce sus propias limitaciones, optamos por darles en enero paquetes escolares que tienen de todito, desde el morral hasta el borrador, y todos felices. Si alguien desea sumarse a esta cruzada, informes en mi correo electrónico.
Pocas alegrías hay tan grandes como acercarse a un semejante en actitud generosa y sincera para brindarle un gesto de amor o un detalle material que satisfaga alguna necesidad que tenga. La solidaridad no se trata solo de dar, sino también de compartir .