EMOCIONES NEGATIVAS
“Es el triunfo de las emociones negativas”. Así calificó Felipe González, exmandatario español, el resultado del referéndum en el Reino Unido que definió su salida de la Unión Europea. Hacía alusión a que la campaña por parte de los líderes del Brexit recurrió a la xenofobia y apeló al nacionalismo ramplón como estrategia para cautivar la población y obtener el triunfo en las urnas.
Hábilmente se redujo el debate a problemas de inmigración y a la generalización de que el Reino Unido entregaba demasiadas competencias como Estado a la Unión Europea, cuando realmente había mucho más en juego al salirse como se ha venido a comprobar. La cosa no era tan sencilla como la pintaban los que apoyaron el Brexit. Simplificaron todo a un par de emociones negativas que conectaron con la mayoría de británicos.
Y para rematar, algunos miembros del partido de oposición tomaron ese referéndum como un vehículo para manifestar su rechazo al gobierno actual y terminaron por sepultar las posibilidades de quedarse en la Unión Europea. Ahora estos últimos andan bien arrepentidos al no calcular las consecuencias.
Lo más triste es que con el resultado se definió en gran parte la clase de futuro que tendrán los habitantes del Reino Unido y los ingleses jóvenes, que son los que van a vivir ese futuro, estaban en tres cuartas partes de acuerdo con quedarse. Los viejos decidieron sobre ellos por razones equivocadas, por emociones negativas.
El ejercicio de la política tiene mucho que ver con la puesta en escena y emocionar las personas. En su libro “Emociones Políticas”, Martha Nussbaum rescata su importancia en el ejercicio público y trata de mostrar caminos para que se cultiven sentimientos apropiados de empatía, de actitudes positivas, que sirvan para construir una sociedad en igualdad, libertad y justicia.
Se me vienen ahora a la cabeza los diálogos de paz en Colombia. La oposición recurre a emociones negativas de venganza y miedo a través de argumentos de impunidad y castrochavismo con el objetivo de capturar adeptos. Y lo hace muy bien, con frases cortas y efectivas que tienen profundo impacto en la población. Conecta con esas emociones. Y moviliza gran parte de la población urbana que no ha sufrido los rigores de la guerra de la forma en que la viven los colombianos en zonas rurales. Pareciera que una parte de la Colombia urbana, al eventualmente poder definir el resultado del plebiscito, dirá cómo vivirán los colombianos en las zonas rurales en el futuro que son los que padecen la guerra con mayor rigor. Y para terminar el paralelo, también se ha querido mostrar el plebiscito como un mecanismo de desaprobación al gobierno actual, que salvo por los diálogos de paz, se pela bastante en los demás resultados y que en medio de su torpeza también ha recurrido a emociones negativas como amenazar con una guerra urbana (miedo) o con un incremento de impuestos (más miedo).
Ojalá no terminemos arrepentidos y más divididos que los británicos. El futuro de una Colombia distinta está en juego y nos merecemos una oportunidad, construida con emociones positivas.