Columnistas

EMPACANDO COROTOS

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08 de abril de 2019

Hablando sobre las grandes dificultades que sufre nuestro país, me dijo un amigo: “¿Será que es hora de empacar corotos y buscar nuevos horizontes?”. Simultáneamente, dos de mis seres queridos más queridos, perdonen la redundancia, que buscaron nuevos horizontes hace muchos años, han decidido volver a Colombia, a pesar de todo.

¿Qué hace que una persona o una familia decida irse para otro país? Con excepciones, por supuesto, muchos se van porque no encuentran aquí las oportunidades que buscaban, aunque suele suceder que al llegar a su destino tienen que desempeñarse en oficios que jamás consideraron hacer aquí, como acomodar carros en un parqueadero, lavar platos en un restaurante o asear casas por días, y no es deshonra ningún empleo, pero aquí lo pensarían muchas veces antes de aceptarlo. A otros no les gusta el estilo de vida que llevan, se sienten inseguros en las calles, creen que sus hijos tendrán mejores condiciones para crecer en otro lugar, están hartos de la corrupción y sus consecuencias, entre muchas otras razones, y se “lanzan al charco”, casi siempre de manera aventurada sin haber tenido la precaución de confirmar si sus expectativas son viables o no.

De personas que han vivido esa experiencia conozco testimonios de diversa clase. La mayoría coincide en que las condiciones materiales son mejores en otros países y muchos inmigrantes pueden acceder a esas ventajas. Pero el precio que se paga para conseguirlo es, paradójicamente, la calidad de vida. Es posible conseguir el trabajo soñado, pero a costa de muchos sacrificios, como el tiempo que se va en trabajar, trabajar y trabajar, además de la soledad, porque la construcción de relaciones suele tropezar con las barreras culturales y la disposición de cada quien a abrirse o a cerrarse frente a los demás suele jugar malas pasadas. Para mí la pregunta más de fondo es: ¿Qué es posible encontrar de estimulante, agradable, inspirador en ese país, y cuánto de ello realmente está disponible? En muchos de los casos que conozco la respuesta ha sido “muy poco”. A veces las expectativas son más altas que la realidad.

Todo lo que nos rodea es lo que nos forma como personas. Estamos hechos no solamente de las condiciones genéticas que recibimos en la sangre, sino también de las tradiciones, las costumbres, la forma de pensar y de hablar, la ropa que nos ponemos, las comidas que nos alimentan, el paisaje que nos rodea y la manera de relacionarnos con nuestra gente. A la hora de valorar alegrías y satisfacciones, son estas cosas las que nos llenan. Y las que nos amargan en la ausencia. ¡Ahí no hay dólares ni euros que valgan!

Buscar mejores oportunidades en otro país puede tener buenos resultados en lo material, pero para muchos siempre será dar un salto a la nostalgia. Mientras muchos quieren irse, otros anhelan poder regresar algún día, hacerle el quite a la soledad, recuperar sus grupos familiares, volver a conversar con sus amigos de la vida y morirse en la tierra que los vio nacer.

Es verdad que nadie puede vivir la vida de otro, ni entender sus actuaciones sin estar metido en sus zapatos. Por eso no pretendo cuestionar ni criticar decisiones que son del fuero interno de cada quien. Yo solo sé que muchos de los que se van, darían la vida por volver. Y que aquí o allá, el hecho es vivir, no sobrevivir.