Columnistas

En busca del centro perdido

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19 de mayo de 2016

A los vagos o patos de Junín de los años sesenta nos embolataron el centro. Lo certifica esa reencarnación al revés que es la nostalgia.

El viejo centro es carne de historiadores, materia prima de paleontólogos todavía en pañales. O de biógrafos gráficos como Óscar Botero y sus muchachos de la Fundación Viztaz.

Los árboles del caos no dejan ver el bosque donde los engominados muchachos de antes conseguíamos novia, esposa, hacíamos amigos. O redistribuíamos el ingreso con algún carterista. Robaban con elegancia, casi que disculpándose.

La calle era para el hombre. Hoy es para quien logre sobrevivir en esa jungla donde impera una áspera trinidad: inseguridad, contaminación, hacinamiento.

No va más ese Junín, la joya de la corona del centro que casaba más gente que el padre Pacho de la Candelaria, el párroco de la Veracruz, el arzobispo y los boleros de Los Romanceros.

Hoy toca defenderse del hostil entorno. No vamos a formar parte del paisaje como cuando éramos anónimos, felices e indocumentados. Ahora el empleado o el fugaz turista debe ir confesado y comulgado.

En buena hora el despelucado alcalde Fico y la Primera Dama del centro, Pilar Velilla, se lanzaron al rescate del viejo parche medellinense. Estas líneas que parecen garrapateadas por un enemigo, son una furiosa lanza en favor de esa campaña. Porque te quiero te aporrio.

Le debo mucho al centro. Soy deudor moroso –y amoroso- de esos lugares de donde no me sacaban ni con el Magníficat y la Cuarta Brigada amangualados. Por poco me gradúo de pato eterno. Me salvó la campana.

Si hay que hacer vaca para colaborar en ese rescate, soy capaz de asaltar mi Banco de la República personal: el marrano-alcancía. Digan no más dónde hay que consignar.

Por lo pronto, mi aporte es en nostalgia, ese recurso renovable que nos acompaña cuando el ángel de la guarda toma compensatorio, o se va de puente Emiliani.

Dividiría “mi” centro en dos: del parque de Bolívar hasta Junín con Maturín y alrededores. Era el centro rosa, amable, predecible, ingenuo. El de los teatros para ir a cine doble los domingos a coronar un beso que duraba toda la semana. Era el centro del ombligo para arriba. El Medellín bueno, a lo Jekyll.

El otro era el Junín de Maturín hasta Guayaco. El Medellín del ombligo para abajo. El centro a lo Mr. Hyde, el malo del paseo. Empezaba en los bares tangueros de Junín y terminaba en el Guayaquil que narra en forma espléndida el cantinero Jairo Osorio en su crónica “Familia” (él prefiere hablar de novela).

Para no pasar de agache, mi propuesta es peatonalizar, no solo Córdoba y La Playa sino desde el Parque de Bolívar hasta Guayaquil. Adicionada con minutos de celular de premio para quienes se olviden de que montar en transporte público es una derrota social