Columnistas

En silencio

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18 de febrero de 2016

A mí me sorprende la capacidad que tienen tantos colombianos de opinar sobre todo. Van por la vida declarando, hablando como expertos sobre cualquier cosa, o al menos eso creen. Casi nunca tienen un “no sé” para una pregunta, son especialistas hasta en eso que los mismos especialistas apenas están indagando, pero eso no importa, a muchos lo que les gusta es que el otro hable, declare, suelte las palabras, no un contenido contundente sino que el espacio se llene, así sea de estupideces. Pasa algo, escuchan algo, y de inmediato tienen sus lenguas listas (en plural porque evidentemente no tienen solo una, tienen varias, según las ocasiones) y se van lanza en ristre con estruendo a perturbar la vida, porque hay palabras que no consuelan, al contrario, abruman, angustian, dan pena ajena.

En un país como el nuestro, donde casi todo el mundo tiene una opinión sobre todo, a veces vendría bien no decir nada, guardar silencio, tragarse la euforia, el impulso de las palabras, reposarlas para que sean más contundentes.

A muchos se les olvida que uno también tiene derecho a guardar silencio, no solo cuando lo coge la policía de los Estados Unidos y le hace la famosa advertencia Miranda: “Tiene el derecho a guardar silencio”, sino en la vida en general cuando se está tan plácido sin querer decir nada. El silencio hay que dejarlo correr como una balsa en aguas mansas. Enmudecer es una forma de observar la vida, de saber quiénes somos en realidad.

Yo no sé qué pensará de nosotros los colombianos el pobre Harpócrates, dios del silencio, sabiendo que aquí ya es imposible encontrar un local donde no haya música o un televisor prendido con las mismas mujeres desconsoladas de las telenovelas o de esos noticieros escandalosos que, entre más hablan, informan menos. ¡Qué angustia!

Hoy en día, cuando se publican tantos libros sobre cómo hablar en público, a mí me parece que ya es hora de que se publique uno sobre cómo hablar en silencio, cómo hacer que esa “ausencia” sea más significativa que todas las palabras juntas y, por supuesto, más reveladora. El verdadero silencio es el que no genera angustia, al contrario, es un deleite para esa alma que le gusta callar, incluso acompañada.

Ahora cuando hay tanta gente que quiere especializarse en hablar, yo quisiera especializarme en silencios, observar más, sentir que las palabras son tan preciosas que uno no puede dejarlas por ahí huérfanas, sin una idea contundente.

Hay una novela que se publicó hace un tiempo pero sigue siendo hermosa y un buen punto de partida para aquellos que como yo apenas hacemos pinitos en este asunto. El libro se llama “La historia del silencio” y lo escribió el español Pedro Zarraluki. Si se anima a leerlo, se dará cuenta de que el silencio nos brinda infinitas posibilidades.