Columnistas

Época de histeria

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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

05 de junio de 2018

El tono violento que se tomó la carrera presidencial antes de la primera vuelta no ha hecho más que aumentar en los últimos días y sentimos todos, arropados por una angustia y un cansancio infinito, que el domingo definitivo no llegará nunca. El tramo final entre dos candidatos que se definen como radicalmente opuestos ha llevado, paradójicamente, a muchos de sus seguidores a comportarse exactamente igual: descalificaciones, insultos y verdades a medias. Ataques personales y montajes vergonzosos. Ejemplos parciales de las virtudes propias y noticias falsas de los pecados ajenos.

Esta histeria colectiva se la achacamos a una Colombia desbocada por un Estado injusto y corrupto, una sociedad dolorosamente desigual, una ciudadanía hambrienta y una mala educación. Sin embargo, pareciera que esta locura que convierte a la nación en un gigantesco teatro de barras bravas es un problema más de nuestro tiempo que de nuestra tierra. Se quejan de él en los Estados Unidos de Donald Trump y en la Argentina de Mauricio Macri. En la España ahora de Pedro Sánchez y en el Brasil de Michel Temer. Todos superados por una particular interpretación de la política que, desde la violencia, desbordó los espacios precarios del debate.

Es cierto que los nuevos medios de comunicación permiten ver lo que por años estuvo oculto. La voz de los que se perdían en el silencio cuando gritaban las élites. Ahora la masificación y el fácil acceso ofrece una multiplicidad de opiniones que a veces entusiasma y luego satura. Esos mismos espacios, contradictoriamente, han cerrado el pensamiento a pesar de su oferta de abundancia. Convierte a la amplia información en un callejón estrecho por decisión propia en el que los fanáticos se leen entre ellos para ratificar sus prejuicios y la idea de pluralidad pasa a ser un triste cuadro de viejos pensamientos justificados.

Ahora, cuando la cantidad de noticias y su velocidad han dejado de ser sinónimo de conocimiento, quizá valga la pena entender que la diversidad es más valiosa que nunca y que valdría la pena cuestionar los argumentos de nuestras respuestas más rabiosas. Para esta histeria colectiva lo que necesitamos es darles tiempo a las ideas y evitar escupir lo primero que sube a la mente. Quizá lo que nos hace falta es un poco de reposo.