ES TIEMPO DE OSADIA
La semana que terminó fue pródiga en debates electorales. El más significativo fue el duelo entre Hillary Clinton y Donald Trump, candidatos a la presidencia de los EE. UU. En Brasil, la multiplicidad de candidatos a alcalde es tanta y la fragmentación del electorado tan grande que se vuelve difícil incluso seguir lo que dicen.
Tras ver el debate en EE. UU., quedó claro que Trump quiere ser el candidato “contra todo lo que existe”, muy especialmente contra la globalización, y de los que no quieren a los inmigrantes. Hábilmente, Clinton demostró que el candidato republicano suma a su intolerancia racial una combinación de arrogancia y de beligerancia. Con experiencia y bien preparada, Clinton exhibió racionalmente sus cualidades como posible comandante en jefe de las fuerzas armadas y jefa de Estado y de gobierno. Se mostró más comprometida con los valores de la igualdad democrática. Como una estadista, pues.
Con la mirada de alguien de afuera y con formación universitaria, la victoria de Clinton parecería asegurada. Como político, empero, siento cierta angustia: la mercadotecnia de la sociedad de masas, interconectada por la televisión y los medios sociales, vuelve más imprevisible el comportamiento del elector.
Esta es la esfinge de la política contemporánea. Los más viejos sienten nostalgia por los tiempos en que los partidos correspondían en general a los “intereses de clase” o, por lo menos, a grupos sociales bien definidos. Hoy en día, el electorado está más fragmentado porque la sociedad también está más fragmentada y los individuos se definen por su adhesión a valores, a identidades culturales, que se sobreponen a las identidades de clase, volviéndose menos nítidas.
En el caso de EE. UU., por lo menos, todavía pueden distinguirse visiones claramente diferentes: del lado republicano, una visión abiertamente aislacionista y hostil hacia los inmigrantes y a la globalización; del lado demócrata, una visión cultural y racialmente más abierta, liberal-democrática y más realista en el reconocimiento de la globalización de las relaciones productivas.
Entre nosotros, en Brasil, es más difícil percibir los “dos campos”, y todavía más difícil en una elección de ámbito local. Aquí es mayor la desconexión entre los partidos y la sociedad. Ni esta se ve representada en aquellos, ni los partidos son capaces de presentar visiones que, agregando intereses y valores en distintos campos culturales y políticos, permitan que la sociedad se perciba a sí misma como algo más que un conjunto de individuos o grupos de identidad autodefinida.
Los partidos que no se den cuenta de que la sociedad ya cambió y sigan girando en el espléndido aislamiento del mundo del Congreso, podrán seguir existiendo, pero apenas como representación de los intereses de quienes los controlan. Si no encuentran canales de representación en los partidos, los hilos entre la sociedad y el Estado se volverán aun más frágiles y ese vacío podría ser ocupado por formas de representación y organización de intereses altamente nocivas para la democracia y la convivencia civilizada.
Los partidos no deben limitarse a votar por ella en el Congreso sino que deben convencer a la sociedad de la razón de su voto y, en ese debate, empezar a trazar visiones del Brasil después de 2018. Fortalecido por los buenos resultados de las elecciones municipales, el PSDB debe tomar la delantera en esta tarea, sin exclusivismos y mirando para el futuro, sin olvidarse de desenmascarar el pasado, con serenidad pero con firmeza.