ES UNO DE LOS 36 HOMBRES JUSTOS
A ningún funcionario debería felicitársele porque está cumpliendo su deber. Es lo que le corresponde. Para eso se presume que ha sido nombrado o elegido. Cuando se posesiona, lo que debería ser con discreción y sin ceremonias sociales rimbombantes, hace un juramento que lo compromete. Pero en el país actual son cada día menos frecuentes los casos de servidores públicos destacables por efectuar una tarea ejemplarizante. Abundan los individuos mediocres que no pueden soportar la carga de una medalla ni una condecoración más, que no merecen. Por causa de una tradición ridícula de clientelismo y lambonería, se activa una potente máquina laudatoria que los ahoga en incienso y los abruma con homenajes de ahijados y favorecidos.
Con todo, cuando surge en el escenario de las noticias alguien que parece uno de los 36 hombres justos de los que habla la antigua leyenda talmúdica, lo razonable es destacar su labor casi heroica, su coherencia en la actividad gubernamental y su integridad para desafiar incomprensiones, riesgos y amenazas con tal de efectuar una acción depurativa que establezca frenos y controles en la administración que se le asigna. Tal es el caso del abogado Jorge Enrique Vélez García, egresado de la Bolivariana, gobernador encargado de la Guajira y desde hace seis años superintendente de Notariado y Registro.
He conocido informaciones recientes sobre el trabajo de Vélez García en ese cargo arriscado y lo que ha venido haciendo en la organización de la gestión notarial y la regulación de la tenencia de tierras. Al escuchar sus conceptos en varias entrevistas no puede menos que despertarse una respetuosa actitud de admiración por el coraje y la entereza con que ha estado poniendo orden en un departamento de cuyos ingentes problemas en todos los campos hemos venido enterándonos los ciudadanos. Han sido situaciones escandalosas demostrativas de los estragos que ocasionan la corrupción, la ineficiencia y el desgobierno cuando se apoderan de una región y le imprimen la marca infamante de la injusticia, el atraso y el subdesarrollo.
A este personaje, representativo de una nueva generación de colombianos ejemplares, hasta quisieron neutralizarlo sus encarnizados detractores en la Asamblea de la Guajira al pretender descalificarlo como enajenado mental para declararlo en interdicción. Claro que el suyo es un empeño quijotesco, pero, por eso mismo, digno del mejor reconocimiento. En cada generación hay 36 justos, “los pilares de la tierra” los llamaba el gran Borges, capaces de librar a sus congéneres de los males que los agobian. Hay que hacer fuerza para que aparezcan los otros 35 titanes del buen gobierno, capaces de afrontar poderes tenebrosos, asechanzas formidables, dotados de fortaleza suficiente para actuar con éxito como emisarios de la transparencia en todas las cuevas de malandros y estraperlistas.