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¿ESCRIBIR ALIVIA?

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02 de octubre de 2017

Que escribir alivia el alma lo sabían los cronistas antiguos desde los tiempos remotos en que los sumerios inventaron la escritura hace más de cinco mil años. También lo sabían los poetas griegos que escribieron las primeras tragedias.

Aristóteles definió ese alivio -llamado por los griegos catarsis- como una especie de redención o purificación del alma gracias al efecto provocado por la contemplación de una tragedia y las emociones que esta desata con los infortunios y los cambios de suerte sufridos por los personajes de la historia.

El alivio que trae la escritura también es conocido por miles de poetas y escritores de novelas, cuentos y diarios que han volcado sus vidas en las páginas de sus libros.

Sin embargo, hasta 1985 no se sabía que la escritura también puede ayudar a sanar las enfermedades del cuerpo.

El descubrimiento hace parte de las investigaciones del profesor de psicología de la Universidad de Texas, James Pennebaker. Según un artículo publicado por la revista Time, a principios de los años 80, el profesor halló estudios que mostraban que las personas que habían experimentado traumas personales pero jamás hablaron de ellos con nadie eran más propensas a enfermarse. Uno de estos estudios demostró que esas personas que mantienen sus luchas en secreto van al médico 40% más a menudo que las que no lo hacen. Pennebaker se preguntó si escribir sobre sus trastornos emocionales podría ayudarlos a recuperarse. La investigación que emprendió ha cambiado muchas vidas.

Pennebaker llamó a esa clase de escritura, “escritura expresiva”. Durante los últimos 30 años, numerosos estudios científicos han probado su efectividad en los tratamientos de problemas emocionales como la ansiedad, la angustia y la depresión.

Aunque todavía no hay respuestas sólidas que expliquen por qué la escritura expresiva calma la mente y ayuda a las personas a sanar emocionalmente, se ha demostrado que la escritura obliga a organizar nuestros pensamientos y experiencias y a dar sentido a nuestras vidas. Solo entonces la mente alcanza el sosiego.

En 1986, el profesor Pennebaker hizo otro descubrimiento extraordinario: según un reportaje publicado por la BBC, pidió a un grupo de estudiantes que escribieran sobre los principales traumas en sus vidas o, si no habían sufrido alguno, sobre sus momentos más difíciles, y empezó a monitorear su estado físico.

“No fue una experiencia fácil. Uno de cada 20 estudiantes terminaba llorando. Pero cuando él les preguntó si querían detenerse, ninguno lo hizo”. Al mismo tiempo, monitoreó el estado de otro grupo de estudiantes que no escribieron ninguna historia. Al final, encontró que los estudiantes que estaban escribiendo sobre sus secretos más profundos, visitaban con menos frecuencia el médico. La diferencia era impresionante.

Hoy son numerosas las investigaciones médicas que han explorado los vínculos entre la escritura expresiva y el funcionamiento del sistema inmunológico y han evaluado su efecto en todo tipo de enfermedades, desde el asma y la artritis, hasta el cáncer y las migrañas.

Aunque la escritura no cura a los pacientes de sus enfermedades, ha aliviado los dolores crónicos de pacientes de cáncer y SIDA. El simple hecho de escribir sus sentimientos y ordenarlos en una historia ha generado un efecto positivo en su sistema inmunológico.

La investigación que más llamó mi atención es la realizada en la Universidad de Nottingham. Allí, un grupo de voluntarios permitió que se les extrajera una muestra de piel de la parte interna del brazo después de aplicarles anestesia local. La herida fue de unos 4 milímetros. Su curación tardaba unos quince días. El proceso de regeneración de la piel fue supervisado una y otra vez por los investigadores. Las personas que estaban escribiendo sus propias historias fueron seis veces más propensas a curarse en diez días. ¡No ocurrió lo mismo con quienes no estaban escribiendo!.