Eso vale la vida en Colombia, ¡un racimo de plátanos!
Por Jorge Iván Grisales Marín
Universidad de Antioquia
Facultad de Com. Social. 5° semestre
ivan.grisales@udea.edu.co
Una de las formas más impresionante sobre el amor nos la ha presentado la mitología y el cine. El primero es el de Aquiles y su amante Patroclo, la segunda la encontramos con León y Mathilda en “El profesional”. Los que son amados en estos dos ejemplos se sacrifican por aquel de quien reciben amor, es decir, por el otro. Pensemos el amor como un sacrificio, como un acto de solidaridad en un país donde nos acostumbramos a la indiferencia.
En un estado social derecho como Colombia, donde la solidaridad debe ser el director de orquesta de un montón de soledades apeñuscadas en casitas de cemento; que un pobre desgraciado a quien el Estado abandonó a su suerte, cambie su vida por un racimo de plátanos, es suficiente para pensar que el concepto de solidaridad no lo hemos entendido muy bien.
En el corregimiento de Buenos Aires, Andes Antioquia. En los últimos días encontraron el cuerpo de un hombre sin vida a causa de un impacto de bala. Al lado del cuerpo había un racimo de plátanos, eso vale la vida en Colombia; si no es menos.
Parece que olvidamos que esto que llamamos sociedad depende en buena medida de cómo se encuentre el otro. A la pregunta quién soy yo en una conversación con tintes borgeanos, Lacan podría respondernos: “soy lenguaje”; y en la misma escena aparecer Levinas reafirmando que soy yo, cuando el otro me nombra, si nadie nos nombra no somos nada. Por eso la importancia del otro.
Basta con decir que somos humanos cuando nos ponemos en el estómago del vecino, cuando sentimos su angustia, cuando somos conscientes que solo tiene agua caliente y limón para pasar el día. Somos sociedad cuando le colocamos rostro al interlocutor, he ahí el meollo del asunto; nos acostumbramos a negar la diferencia. Necesitamos que esa primera persona del singular se disuelva en la punta de la lengua, y empezar a narrarnos en un “nosotros”, en un des-interés. Es decir, un amor incondicional, solidario. Ponerse en el lugar del otro sin esperar nada a cambio.
Hay que recordar que el Estado es una metáfora necesaria para la convivencia. Una metáfora que depende de la comunicación, no los tiros y los hijueputazos para la solución de sus conflictos.
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