Este es tu país, no hay otro
La realidad viaja sobre tortugas; los sueños, sobre águilas. La realidad es terca, no se deja sobornar por los adolescentes ni por los incendiarios. En cambio los sueños se desbocan en su ímpetu hacia los astros.
En la tensión entre estos dos impulsos se construyen los siglos. Los apoltronados custodian la estabilidad de las cosas como están hechas. Los apasionados se preguntan por qué están hechas así, y pretenden cambiarlas a la velocidad de su visión.
Ni unos ni otros pasan la vida conformes. Al contrario, el sobresalto es la ley; el contratiempo, es la dura regla. Cada bando cuida su espalda para que el otro no lo asalte con sus furias. Pero ambos en el fondo de sus intuiciones reconocen la debilidad de los esfuerzos.
Así avanza, sin avanzar, la historia. Los saltos no se dan en instantes iluminados sino en procesos que parecen caminar con pantuflas. De vez en cuando una revolución burbujeante planta guillotinas. Entonces se cree que todo se modificó, solo para dar paso a nuevos reyes, que luego de las sangres, abdican sus decretos en manos de primeros ministros reverentes.
La Colombia entre dos vueltas presidenciales aterrizó en la realidad arisca. Los extremos se comportaron como imanes irremediablemente atractivos. Los dos polos se necesitan con urgencia para sobrevivir. Ay de que desaparezca el enemigo, porque entonces no habría mecha ni candela para el miedo.
En la mitad sobreviven los casi cinco millones que anhelan zafarse del vértigo que polariza. Pero la realidad saca la cabeza y grita: “este es tu país, no hay otro. El mismo desde comienzos del milenio, el que casi empató en el plebiscito, no el de los sueños sino el del asfalto duro”.
Por eso existe la expresión “principio de realidad”. Los sueños carecen de este precepto, atienden únicamente al viento. Desconocen que todo anhelo ha de estar adherido a un pedestal de piedra, a riesgo de desvanecerse en el aire.
Desde hace casi veinte años las sucesivas elecciones han sido el combate entre las momias que durante dos siglos establecieron apellidos dueños de todo, y la nueva clase social de bolsillos ardientes. Estos rufianes venidos a más han fraguado con paciencia y barbarie la nueva realidad.
Los votantes del centro tuvieron un sueño la última noche. Esta semana despertaron sobre el rigor de esta realidad y de su pachorra de tortuga.