Columnistas

“Fachos” pobres

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05 de febrero de 2018

El candidato de la derecha y expresidente, Sebastián Piñera, ganó las recientes elecciones presidenciales chilenas. Esa misma noche Piñera habló ante una multitud congregada en el centro de Santiago. La televisión mostró a miles de personas convergiendo hacia ese punto desde los confines de esta extensa ciudad. Un reportero interrogó fugazmente a un matrimonio con dos hijos pequeños. Estos llegaron en metro desde la populosa comuna de La Florida para celebrar al candidato ganador. Cuando el periodista les preguntó si militaban en algún partido, ella respondió con sencillez: “Somos de clase media”.

Esa inesperada respuesta podría explicar, en parte, la derrota de la izquierda y este triunfo de la derecha chilena. Los sectores menos renovados de la vieja izquierda coinciden con la nueva ultraizquierda del Frente Amplio en una visión simplista de la derecha. Este simplismo los lleva a una estrategia política errónea. Para ellos el derechismo solo podría explicarse como una defensa egoísta de grandes intereses económicos. Los derechistas serían “los poderosos de siempre”, como los llamó el Gobierno saliente en un vídeo publicitario.

Sin embargo, es obvio que esos “poderosos” solo suman una fracción ínfima de aquel 54% del electorado que eligió a Piñera. Entonces, ¿de dónde salió esa mayoría que votó por la derecha? En Chile, la izquierda más exaltada responde esa pregunta repitiendo una ofensa que ella misma puso de moda: aquellos que sin ser ricos votan por la derecha serían “fachos pobres” (fachos=fascistas). Un marxista clásico los habría definido como “proletarios alienados y desclasados”. En un debate poselectoral, un alcalde comunista mencionó otro aspecto de aquella creencia. Cuando una senadora derechista argumentó que su ideal era aumentar la libertad de las personas el alcalde le respondió que los pobres no son libres, por ejemplo, para elegir que sus hijos estudien en los carísimos colegios de la élite santiaguina. La senadora derechista fue incapaz de refutar ese argumento demagógico.

Posiblemente, esa joven familia de reciente clase media que celebraba a Piñera sí habría sabido qué responder. Ellos no son arribistas. Seguramente, no ambicionan que sus hijos asistan a ese par de colegios elitistas y clasistas que mencionó el alcalde. Lo que desearían es una buena reforma educacional, centrada en la calidad, que les permita escoger colegios en un sistema público tan excelente que hasta los ricos deseen asistir a él.

Esa familia no es de proletarios alienados sino de pequeños propietarios. La “mansión” que cuidan no es ajena sino que es su propia modesta vivienda que pagan mensualmente con dificultad y orgullo. Sin duda, ellos desean una buena red de seguridad social, pero no les gustaría perder la propiedad de su cuenta de ahorros previsionales. Quieren una mejor distribución de la riqueza, pero entienden que para distribuirla antes hay que crearla. Esa familia prefiere reformas graduales antes que súbitas refundaciones.

La coalición de centro-izquierda chilena perdió esta elección porque antes había perdido a muchas de esas familias de la vasta clase media emergida en los últimos 30 años de prosperidad. Tironeados por el extremismo juvenil y podemita del Frente Amplio, numerosos socialdemócratas se avergonzaron de sus renovaciones ideológicas y se radicalizaron. Incluso los comunistas olvidaron la vieja lección de Lenin: el izquierdismo es “la enfermedad infantil” del comunismo. Entonces el centro social y político quedó huérfano y esta vez la derecha supo acogerlo. Cuando la izquierda chilena deje de considerarlos “fachos pobres” y vuelva a respetarlos, quizás esas familias volverán a votar por ella.