Columnistas

FAMILIA Y PAZ

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22 de julio de 2016

Escribo desde Chicago, donde disfruto de un excelente encuentro familiar, con momentos de reflexión analítica, de fortalecimiento de valores y de espacios para construir nuevos y gratos recuerdos. En la cotidianidad del país, pareciera que los árboles no nos permiten ver el bosque, lo cual dificulta tener plena conciencia sobre el prometedor momento que se está viviendo. En la distancia y oyendo a personas con un espectro más amplio para el análisis, se fortalece la percepción de que cada día crecen las perspectivas de cambio constructivo en el país, y con ello las posibilidades de avanzar hacia la paz, el desarrollo y la concordia. La condición necesaria es una mayor tracción en los procesos.

Dentro de las buenas noticias está la referente a la decisión de la Corte Constitucional, al aprobar el plebiscito como forma de refrendación de los acuerdos de La Habana, y aceptar que sea este el mecanismo de participación idóneo para que la sociedad colombiana manifieste su beneplácito o rechazo a lo que finalmente, tras cinco años de conversaciones, se acuerde.

No cabe duda sobre la importancia y trascendencia de esa decisión y de la que a nosotros nos corresponde tomar. Se supone que aproximadamente en tres meses estaremos definiendo el futuro de la Nación, que es también el de nuestros hijos y el de las generaciones futuras. Ello es razón suficiente para pensar que se trata de algo en lo cual no podemos equivocarnos. Insisto, pues ya lo había comentado en columna anterior, en que nuestros peores errores serán la indiferencia, la apatía, los miedos y los mitos.

En la misma dirección, la decisión de la Corte que obliga a la divulgación de los acuerdos finales, de donde podemos deducir nuestra responsabilidad de entenderlos, analizarlos y valorarlos, para que nuestro voto sea desapasionado y en conciencia.

Mi opinión no es un llamado a votar sí o no. Mi voz, coherente con el pensamiento grupal de quienes conformamos la iniciativa denominada “La Paz Querida” (www.lapazquerida.com), es abogar por una decisión autónoma, suficientemente informada, con óptica de largo plazo y libre de los sesgos que motivan a los pregoneros del apocalipsis.

Llevamos tanto tiempo matándonos, que parece asustarnos la perspectiva de la paz. Más de medio siglo de confrontación fratricida hacen ver como veredicto inapelable los conceptos de Caroline Alexander en su libro La guerra que mató a Aquiles, en el que dice que si tomamos los últimos cinco mil años de la humanidad, de cada cien de ellos, noventa y cuatro han estados signados por conflictos a gran escala en una o más partes del mundo. Por lo tanto propone, ampliando el panorama de La Ilíada y su narrativa, aceptar a la guerra como un hecho perdurable y aparentemente inextinguible; tan intrínseco y trágico de la condición humana como nuestra propia mortalidad.

Me niego a aceptar tal visión pesimista de nuestra especie. Creo que la humanidad evoluciona en la dirección correcta y cuando no, tiene la inteligencia natural para reencontrar su rumbo, sin importar los lustros o siglos que ello tome. De ahí la esperanza, aunque son varias las décadas en que como sociedad los colombianos nos hemos equivocado, de construir nuevos paradigmas, más justos y humanitarios.

Mi reciente experiencia en Chicago me llevó a pensar en lo útil que serían las conversaciones en familia sobre el absurdo de la guerra que nos atrofia el alma y la posibilidad real de encontrar salidas dignas, más allá de los acuerdos, más obligantes que nuestra participación razonada en el plebiscito y de más alcance y tracción que el simple voto.