Fantasmas en el tintero
Concluí mi columna hace ocho días diciendo que volvería sobre el tema del síndrome de Siracusa, porque se me habían quedado algunos fantasmas en el tintero. Levanto, pues, la tapa del frasco y dejo que esos fantasmas escapen y revoloteen.
Comentando mi escrito, un lector perspicaz añadió en la lista de los afectados por el síndrome de Siracusa, a nuestro gran novelista William Ospina, quien en su momento dirigió una más que laudatoria carta a Nicolás Maduro, enalteciendo al máximo el chavismo. También menciona ese lector las simpatías iniciales de Eduardo Galeano por Fidel Castro y la revolución cubana, a la que después el uruguayo vapuleó como era debido. Se podrían enumerar muchos casos más. Chávez mismo y su heredero Maduro, como bien se sabe, ungieron como sumo sacerdote de su aventura revolucionaria al sociólogo germano-mexicano Heinz Dietrich Steffan, el padre del Socialismo del siglo XXI. Pero este tema ameritaría capítulo aparte en este rastreo de adhesiones siracusanas.
Es un hecho que la intelectualidad de izquierda ha sido proclive al síndrome de Siracusa en cuanto a gobiernos socialistas se refiere. Como no es menos notorio el apoyo de los partidos de derecha hacia regímenes fascistas. Yo no sé por qué no se menciona, por ejemplo, como un típico síndrome de Siracusa, el que aquejó durante décadas a la derecha española en su defensa y alabanza de Franco y el franquismo. Un aval fanatizado que, por lo demás, contó -y apesadumbra el recuerdo- con la bendición de la iglesia española. Como fue un síndrome de Siracusa el de la iglesia lationoamericana que se dejó engatusar por el marxismo en la Teología de la Liberación. Un tema que también amerita tratamiento aparte.
En fin, dejemos que todos estos fantasmas que salen de mi tintero se posen como chapolas negras en la memoria. O en el olvido. Quisiera añadir un comentario sobre los moscardones dictatoriales que a veces, más comúnmente de lo que pensamos, ronronean en gobiernos democráticos, o que posan y se ufanan de tales. La reelección, por ejemplo, sea que esta institución exista constitucionalmente en un país, o que un mandatario la cree por una o más veces para consolidar un poder que se convierte, período tras período, en dictadura.
También hay un tirano agazapado detrás del adjetivo vitalicio que tanto atrae a muchos políticos, y a no políticos, que quieren seguir mandando después del fin de sus gobiernos. La fauna de áulicos, paniaguados y fanáticos que alientan la vanidad y fertilizan los intereses de poder de mandatarios, reyes, emperadores, pontífices y gerentes de empresas, etc. es el ámbito en el que nacen, crecen y no quieren morir dictadores y tiranos. Y a cuya sombra se padece el síndrome de Siracusa.