FELICES POR SIEMPRE
Pido perdón, señores lectores, por trasladar a ustedes una miscelánea de sentimientos que me embarga al momento de escribir esta columna ante un evento estrictamente personal.
“Aquí comienza ‘felices por siempre’”, dice en un tablero de tiza, pero escrito con pintura imborrable, que recibe a los invitados a la fiesta de matrimonio de mi hija. Pienso en la frase y deseo que así sea, aunque sé que habrá momentos de dudas, temores, incertidumbre, aburrición y ganas de devolverse.
La vida pasa rápido. Cuando uno menos se lo espera los hijos están listos para emprender el vuelo y dejar el nido medio vacío. Y digo medio no solo porque aún queda otro hijo en casa, sino porque creo que nunca se irán del todo, que siempre volverán por un abrazo, por un concejo o por un almuerzo, unidos hasta la muerte por los lazos del amor filial, eterno e ilimitado.
Ha resultado imposible celebrar sin sentir también un montón de nostalgia. A partir de este momento empezaremos a extrañar hasta su concepto caótico del orden y nos abruma pensar que en adelante mercaremos para tres, que no será necesario comprar sobredosis de champú ni granadillas casi que por bultos. Las imágenes de los años vividos ruedan y ruedan, a veces envueltas en lágrimas, por la “niña” que se va, nuestra Tata que nos llenó la vida de retos, a quien hemos visto florecer radiante en cada etapa de su vida con tanta determinación, serenidad y alegría, que ha sido tan fácil amarla sin reparos. Pero además de lágrimas también afloran los buenos deseos para que sean “felices por siempre”:
Ustedes lo saben: Lealtad es un “sentimiento de respeto y fidelidad a los propios principios morales, a los compromisos establecidos o hacia alguien”. Que conserven esa definición, con todo su sentido, para que trascienda del tatuaje hasta el alma. Que puedan superar obstáculos y dificultades, que no faltarán. Que multipliquen las alegrías y dividan los problemas. Que no olviden que hasta para pelear se necesita gentileza, que no es necesario sacarse sangre con palabras, que si hay batallas sea de almohadas y que el respeto sea un miembro más de esta familia que han decidido conformar, no para durar mucho sino para vivir bien, siempre.
Que recuerden que el amor es una decisión, que se disfruten, se acompañen, se admiren y caminen por la vida tomados de la mano en este viaje largo que hoy emprenden. Que lleven sus maletas a dos manos y que vayan siempre en la misma dirección, para que puedan construir su futuro en consenso, con confianza y con firmeza. Que siempre haya una luz encendida en la casa, para el que llegue de último sepa que se le estaba esperando.
Deseo que se reconozcan las virtudes con la misma facilidad con la que suelen señalarse los defectos. Y que respeten la individualidad de cada uno, porque es finalmente de las particularidades del otro de lo que uno se enamora.
El regalo de novios prometido está listo. En el manual de instrucciones, sin letra menuda, dice que los desacuerdos propios de la convivencia se pueden lavar en cualquier ciclo, y que lo único que no puede echarse en la secadora es el amor.
Y deseo desde mi corazón, sobre todo, que nunca pierda vigencia ese tablero. Que aquí empiece el “felices por siempre” y no termine nunca.