Fidelidad, verdad y caridad
Comenzó el pasado domingo la segunda parte de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema la familia. Una reunión en la que, obispos de todo el mundo, encabezados por el Papa Francisco, discuten sobre nuevos planes pastorales para llegar las familias de hoy. Muchas de ellas heridas por el individualismo y el egoísmo que trae como consecuencia tantas familias rotas, cuyos miembros dejan de creer que es posible el amor para toda la vida. Es importante mirar con realismo la manera de curar esas heridas y de entender, como ha dicho en múltiples ocasiones el Papa Francisco, que la Iglesia debe rechazar una actitud cerrada y autorreferencial y debe más bien buscar tener las “puertas abiertas” y ser un “hospital de campo”.
Algunos, incluso dentro de la misma Iglesia, han querido desviar la mirada del Sínodo buscando un boom mediático y cuestionando los principios esenciales sobre la familia basada en el amor entre un hombre y una mujer, que están presentes en las Sagradas Escrituras y que por ello no pueden cambiar ni ir de acuerdo con la ideología del momento. Pero como dijo el Papa en el discurso inaugural que ofreció ayer lunes, “el Sínodo no es un parlamento donde, para reunir un consenso o un acuerdo común, acude al negocio o al compromiso”. Se trata más bien de “la Iglesia que camina junta para leer la realidad con los ojos de la fe y con el corazón de Dios”.
En la homilía de la misa de apertura, el Papa pidió a los padres sinodales tener en cuenta tres elementos: fidelidad, verdad y caridad.
Fidelidad al amor, a la sacralidad de la vida, a la unidad e indisolubilidad del vínculo conyugal.
Verdad que permanece en el tiempo y no cambia según la moda, que aleja de las tentaciones de transformar “el amor fiel” en un “vínculo temporal”.
Y caridad que en lugar de “señalar con el dedo”, recibe y consuela a quien sufre las consecuencias de familias rotas, “con el aceite de la acogida y de la misericordia”.
Una reunión que mira con preocupación las “paradojas de un mundo globalizado” en el que vemos “tantas casas de lujo y edificios de gran altura, pero cada vez menos calor de hogar y de familia”, dijo el Papa el pasado domingo. Una reunión que busca responder a tantos jóvenes desencantados, que ya no sueñan con formar una familia porque le temen a un compromiso duradero (aunque en el fondo de sus corazones, quisieran asumirlo). El Sínodo quiere recordar que el matrimonio “no es una utopía de adolescente” sino un sueño “sin el cual la creatura estaría destinada a la soledad”.
Por ello, como dijo ayer a los periodistas el arzobispo de París, cardenal Vingt-Trois: “Si vinieron a Roma con la idea de un cambio espectacular de la doctrina, quedarán desilusionados”.
Pues lo que busca el Sínodo es que la Iglesia tenga la responsabilidad de una madre que, como dijo el Papa Francisco, “protege sin remplazar, corrige sin humillar y educa con el ejemplo y la paciencia”.