Columnistas

¡Fin de semana de tres días!

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11 de julio de 2017

«Solo en los países pobres madrugamos», me dijo una vez una periodista colombiana afincada hoy, hasta donde sé, en Sevilla. Su afirmación no podía ser más precisa. Es cierto que en Europa trabajamos de lo lindo, pero nada se mueve en España, por ejemplo, h

asta las 9 de la mañana, a excepción hecha de los servicios básicos y las cafeterías, donde desayuna el 90 % de los trabajadores. Aquí, el café de las 11 es una religión que no ha podido tumbar ni la dichosa globalización y los viernes por la tarde en Madrid no queda nadie en las oficinas más allá de las tres, como en Londres, París o Nueva York. Por contra, como han visto estos ojitos verdes vagabundos, en muchos países de Latinoamérica, Asia y África la empresa privada obliga a trabajar los sábados por la mañana y los más negreros hasta por la tarde. Según los datos de la OCDE, los alemanes son los que menos horas trabajan al año (1.368), que ya me parecen muchas, y los mexicanos, los que más (2.248). Se da la circunstancia de que Alemania es uno de los países con mayor índice de competitividad y productividad, así como la segunda economía más exportadora de entre los países desarrollados –solo superada por EE. UU.–, con un superávit de su balanza comercial en 2016 de 256.526,5 millones de euros (284.755,2 millones de dólares), el mayor del mundo. Tras los alemanes, que llevan 64 años con superávit comercial, los que menos horas echan en el «curro» son los daneses seguidos por holandeses, noruegos y franceses. España se sitúa, como siempre, pegadita a Canadá, ese país conocido por el desternillante monólogo del argentino de Santa Fe que se fue a Toronto (si no lo han escuchado, dejen de leer estas líneas y corran a buscarlo en Google).

Por contra, los estadounidenses trabajan 1.786 horas al año, más que la media de los 38 países más desarrollados, pero su economía tiene un agujero de 502.000 millones de dólares, el mayor de la historia. Y eso que echan más horas, más que yo, lo que respalda mi teoría de que no se puede ser productivo trabajando más de cuatro horas efectivas al día. Lo demás, es calentar banquillo.

Todo esto viene al caso de unas recientes declaraciones de un ministro español –adicto al trabajo, por cierto– quien afirmó que «la revolución tecnológica traerá los fines de semana de tres días». Hace tres años fue el empresario mexicano Carlos Slim, una de las mayores fortunas del planeta, quien abrió el debate al apostar por una semana laboral con solo tres días con jornadas de 11 horas, dejando cuatro días de descanso a los trabajadores. La apuesta de Slim era excesiva, pero es sorprendente la cantidad de tareas que podemos llegar a hacer hoy en día con apenas un «click» o deslizando el dedo por nuestro móvil. En cuatro o a lo sumo cinco horas de trabajo somos capaces de realizar labores que antes nos tomaban una semana entera y no solo en profesiones intelectuales. Los agricultores pueden hoy desbrozar un campo inmenso y dejar la tierra lista para la siembra en una jornada gracias a la poderosa maquinaria de la que disponen y las factorías, sacar producciones gigantescas que dan para todo un año de ventas en solo seis meses. Los robots están acortando las jornadas laborales en las economías más evolucionadas, donde los trabajadores se pasan más tiempo «pelando la pava» entre ellos o comiéndose caramelos en la pantalla de un ordenador que apretando tuercas. A no mucho tardar habrá tres días de descanso por semana, medio más del que ya hay «de facto» en las principales economías europeas. La cuestión no es si las máquinas nos restarán horas sino si también nos limpiarán parte del salario. Que ellas también tienen derecho a tomarse unos tragos en la gasolinera los viernes cuando suena la sirena.