Fiscalidad digital
Son gigantescos los cambios en la vida moderna producidos por la creatividad de los fundadores de empresas como Google, Apple, Facebook y Amazon, por mencionar solo las más grandes. En ese mundo digital la red es la gran solución para todo y lo es todo, al tiempo que la innovación no tiene fin. Se dan desarrollos que revolucionan las fronteras de lo posible y lo imposible y que han llevado a una nueva economía, la economía numérica o digital.
Los sistemas tributarios no han podido adaptarse al cambio tecnológico, básicamente porque gravar a las empresas globales de la economía digital es complicado. Esas empresas, al ofrecer sus servicios por internet y utilizar la propiedad intelectual de sus algoritmos, tienen especificidades que las caracterizan y que impiden aplicar a la economía numérica los principios tributarios clásicos.
Una primera especificidad es la complejidad de la localización, pues las empresas pueden declarar sus actividades donde la tributación les convenga más y el control de los datos les favorezca. De otro lado, el uso de plataformas que ponen en contacto a los clientes con las empresas permite el uso de la publicidad personalizada. El acceso gratuito atrae a muchos usuarios y da mayor alcance a la publicidad. Se crea así un efecto de red con interés de los mismos usuarios para que esta crezca. Al tiempo, se genera una gran cantidad de información que puede procesarse y utilizarse para conocer las preferencias de los usuarios.
La opción de localización origina la dificultad de definir en qué lugar las empresas hacen el dinero, la consecuencia es una zona gris que explotan en su afán de optimizar su fiscalidad. La optimización no se relaciona únicamente con gravar los beneficios, sino que también afecta las transacciones digitales. Estas son difíciles de localizar y gravar, por ejemplo, con el IVA.
De otro lado, también se produce erosión en los ingresos fiscales como consecuencia de la forma de operar esas empresas, en la medida en que reducen la intermediación y afectan con esto las cadenas de valor. De esa forma, no solo los Estados perciben poco de los ingresos fiscales de las empresas, sino que estas también absorben cada vez más del valor agregado, mientras se benefician de las externalidades financiadas con el gasto público (kioskos digitales, conectividad, entre otros), privando a los fiscos de esos recursos.
Así las cosas, el desafío para las autoridades económicas en todo el mundo es gigantesco. No basta con poner a punto las normas nacionales sino que hay que afinar la legislación internacional. Pero también hay que avanzar, aún más, en el análisis económico que ilumine la legislación.
Al respecto, el gobierno colombiano sorprendió con la fijación de un impuesto (IVA) para la utilización de algunas plataformas. Una decisión bien intencionada que, sin embargo, es insuficiente frente a los nuevos desafíos. Seguramente Colombia se podrá beneficiar de los avances teóricos y prácticos que al respecto tenga a la OECD, muy involucrada en el tema.