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¿Fomentamos la autoestima... o la egoestima?

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25 de abril de 2016

La autoestima se forma en los niños como consecuencia del amor que les demuestran las personas que son más significativas en su vida, especialmente sus padres. Y esa es la conclusión a que llegan los hijos cuando nosotros y los demás seres queridos le manifestamos un sincero aprecio e interés por ellos, indistintamente de sus capacidades, sus logros, su personalidad o su apariencia.

Sin embargo, esto no es lo que ocurre cuando a pesar de que los padres amamos con toda el alma a los hijos, ellos no se sienten valorados por nosotros, porque perciben claramente que, pese a todo, nos sentimos decepcionados por su manera de ser, su apariencia, su rendimiento académico o sus defectos y limitaciones. Este sentimiento se afianza en ellos cuando les manifestamos abiertamente nuestro descontento por sus errores o fracasos.

Lo grave es que, como hoy en día los niños tienen más diversiones, oportunidades y privilegios de los que les corresponden, ellos están creciendo convencidos de que tienen derecho a todo lo que se les antoje. En esta forma, contrario a lo deseado, no estamos promoviendo en ellos una buena autoestima sino cultivándoles una poderosa “egoestima”. Supongo que por este motivo ahora hay tantos niños y jóvenes que son indolentes, exigen lo que no se merecen, demandan lo que no se han ganado, no agradecen lo que tienen y anteponen su beneficio personal por encima de todo. Parece que por complacerlos demasiado no estamos alimentando su buen corazón sino impidiendo que se conviertan en personas capaces, útiles y bondadosas.